NotMid 19/01/2026
MUNDO
Lviv, Ucrania – El sonido es ensordecedor. Dentro de un antiguo edificio industrial remodelado en Lviv, la música electrónica marca el compás de una cadena de montaje inusual. Aquí, docenas de jóvenes desafían el frío cortante y los apagones masivos no para salir de fiesta, sino para tejer redes de camuflaje y fabricar “velas de trinchera”.
“La música me ayuda a encontrar el ritmo para trabajar más rápido”, explica Volodimir Petrishin, de 27 años. Miembro de GEMU Crew —una comunidad de ciclistas de piñón fijo—, Volodimir y sus amigos vuelcan hoy su energía en apoyar a sus compañeros que cambiaron la bicicleta por el fusil hace casi cuatro años.
Sobre las mesas, hileras de latas usadas esperan su turno. Volodimir vierte con pulso firme la cera derretida. Con unas tiras de cartón como mecha, estas latas se convierten en calentadores portátiles capaces de arder cinco horas: un tesoro de vida en las gélidas y húmedas trincheras del Donbás.
Resistencia bajo cero
En el exterior, Leópolis (Lviv) se congela a diez grados bajo cero. En el interior de “Kotelnia” (La Sala de Calderas), un espacio creativo subterráneo, el aliento de los voluntarios se vuelve vapor con cada exhalación. Los ataques rusos a la red eléctrica han dejado la ciudad a oscuras, pero aquí el trabajo no se detiene.
“Hace frío en todas partes. ¿Por qué no venir aquí y hacer algo útil?”, dice Irina Tsoba, diseñadora gráfica. Su motivación tiene nombre propio: un amigo que combate cerca de Pokrovsk y cuya unidad necesita redes blancas para ocultar sus tanques Leopard en la nieve y protegerlos de los drones enemigos.
Bajo banderas militares y retratos de amigos caídos, la escena parece una rave mística. “La música me da silencio interior en medio del caos”, confiesa Elina Shutko, informática de 27 años. Como muchos otros, Elina podría haberse ido del país, pero elige quedarse: “Vemos nuestro futuro aquí”.
Toloka: comunidad frente a la incertidumbre
Este encuentro se conoce como Toloka, una tradición ucraniana de trabajo comunitario. Aquí convergen profesores, entrenadores de fitness y artistas. Oleksandr Rak, de 28 años, es uno de los motores del grupo; además de las velas, recauda fondos para sistemas antidrones y vehículos que él mismo entrega en la región de Donetsk.
“Al principio apenas sabíamos qué hacíamos”, recuerda Snizhana Volovets, estudiante de 21 años. “Hoy, las diferencias sociales han desaparecido. Hemos aprendido a ser un equipo”.
Sin embargo, tras el entusiasmo comunitario subyace un escepticismo profundo hacia la política exterior. Mientras las potencias occidentales debaten términos diplomáticos, en Kotelnia la fe en las palabras se ha agotado. “No va a salir nada de eso. Son solo palabras vacías”, sentencia Vladislava, una joven música de 19 años. “Tenemos que prepararnos para lo peor”.
Al caer la noche, a pesar de las horas en el frío, el ánimo no decae. Para Irina Tsoba, este búnker es más que una fábrica de suministros: “Conoces gente, encuentras apoyo, incluso amor. Te sientes necesaria, y en tiempos de guerra, eso es lo más importante”
Agencias

