NotMid 13/05/2026
Opinión NotMid
Ayer, Delcy Rodríguez se vio obligada a transitar por caminos que hoy prefiere evitar: confrontar retóricamente a Donald Trump por aquello del “estado 51” y, simultáneamente, intentar apagar el fuego de los rumores sobre la traición a Nicolás Maduro. El detonante fue la reciente declaración del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien asomó la existencia de profundas complicidades internas durante los eventos del pasado 3 de enero.
¿Indiscreción o mensaje teledirigido?
Es probable que a Guterres simplemente “se le haya ido el yo-yo”, como decimos en criollo, dejando escapar una versión que ya es un secreto a voces en los pasillos diplomáticos: las presuntas negociaciones que la vicepresidenta habría sostenido con Estados Unidos antes de esa fecha crítica.
Sin embargo, en política exterior las casualidades son escasas. Guterres no es el primer vocero de peso en soltar la piedra; ya en enero los rusos fueron un paso más allá, asegurando que no solo sabían de la traición, sino que tenían la lista con nombre y apellido de los involucrados.
El peso del silencio vs. la rabia del comunicado
Lo que realmente despierta suspicacias es la asimetría en la reacción oficial. Mientras que ante los señalamientos de Moscú hubo un silencio sepulcral, la Cancillería respondió a Guterres con un comunicado cargado de virulencia.
Esta selectividad levanta interrogantes inevitables:
¿A qué obedece esta inquina particular contra la ONU?
¿A quiénes incomoda tanto la precisión de las palabras de Guterres?
¿Se siente el “Delcynato” vulnerable ante la filtración de sus propios movimientos de supervivencia?
La furia de la respuesta suele ser proporcional al tamaño de la verdad que se intenta ocultar. En la política venezolana, el tiempo siempre termina por descorrer las cortinas; tarde o temprano, sabremos qué se pactó en las sombras.

