NotMid 19/05/2026
Opinión NotMid
Si algo quedó en evidencia ayer, es el eterno peso de ese refrán popular: «No aclares, que oscureces».
Diosdado Cabello y Delcy Rodríguez trastabillaron con torpeza a la hora de justificar lo injustificable.
¿Cómo se explica que pasaran de defender a Alex Saab en tarimas y cadenas nacionales, a entregar su cabeza en bandeja de plata al mismísimo «jefe del imperio»?
Ayer echamos de menos el famoso pizarrón de Cabello. Hizo falta verlo con puntero en mano, explicando cómo es que Saab —supuestamente con una «cédula falsa»— logró mofarse del aparato estatal hasta convertirse en ministro y diplomático; cómo hizo para que el Tribunal Supremo de Justicia emitiera sentencias a su favor, o cómo terminó representando al Estado en contratos millonarios con empresas locales y extranjeras. La lista de preguntas es infinita, pero las respuestas brillaron por su ausencia.
En el fondo, lo que presenciamos es un sismo político interno. Delcy, Jorge y ahora Cabello —convertido en el nuevo «hermanito siniestro» del clan— están apuntando la responsabilidad directamente hacia arriba. Hacia el exjefe. Sí, hacia ese mismo al que ya ni nombran y que han ido borrando quirúrgicamente de la narrativa oficial: el mismísimo Nicolás Maduro Moros.
Al hundir a Alex Saab y despacharlo con desprecio como un simple «colombiano involucrado en todo tipo de fraudes» (Cabello dixit), el trío dinámico ejecuta una clásica maniobra de Poncio Pilatos. Buscan lavarse las manos mientras sepultan, tres metros bajo tierra, a Maduro, padre y autor intelectual de esa criatura llamada Alex Saab y de todo su entramado criminal.
Los ahora tres «hermanitos siniestros» acaban de lanzar a Saab y a Maduro al pajón. A este ritmo, no debería extrañarle a nadie que el día de mañana comiencen a señalar directamente al de Miraflores, tal vez acusándolo de traición.
A fin de cuentas, en la política del cinismo rige una sola máxima: si te he visto, no me acuerdo.

