Si yo he acabado con el terrorismo en España, cómo no voy a arreglar lo de Venezuela
NotMid 20/05/2026
IberoAmérica
La frase resonó en la residencia del embajador español en Caracas, Jesús Silva, en la víspera de las elecciones de mayo de 2018. El expresidente del Gobierno español —hoy imputado por la Audiencia Nacional por liderar una red de tráfico de influencias internacional— se había convertido en la vedette política de la velada. Al ritmo del tintineo de los hielos en su vaso, desgranaba sus planes para su país adoptivo, donde aterrizó en 2015 como observador y donde ya actuaba como canciller en la sombra de la revolución.
Para aquellos comicios, Zapatero apostó con vehemencia por el “opositor” Henri Falcón, pese al boicot de la verdadera oposición. “Va a dar la sorpresa”, aseguró con nula puntería: Falcón apenas obtuvo el 20% de los votos frente al 68% de Nicolás Maduro. Una derrota que, por supuesto, Zapatero celebró en la intimidad.
Su sintonía con los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez le había tendido un puente de plata hacia Maduro. El antiguo líder del PSOE avizoraba el escenario ideal para recuperar el prestigio perdido tras su fracaso económico en España; se había convencido a sí mismo de que el Premio Nobel de la Paz estaba a su alcance. Sin embargo, más allá de sus utopías ilustradas, el político leonés terminó siendo testigo y parte del mayor desfalco de la historia: 500.000 millones de dólares evaporados de las arcas venezolanas bajo el paraguas de la impunidad.
El giro de guion en La Moncloa
En mayo de 2018, Zapatero ya dictaba a Delcy Rodríguez las palabras que Maduro pronunciaría tras su fraudulenta victoria. Sus planes de normalización de la dictadura iban viento en popa, pero la sorprendente moción de censura en España días después le abrió una ventana de oportunidad inesperada: el giro político de La Moncloa.
La tarea no era sencilla. Al principio, Pedro Sánchez seguía la línea tradicional del PSOE, llamando “tirano” a Maduro y reconociendo a Juan Guaidó en 2019. Pero en solo doce meses, el lobby de Zapatero y la trama corrupta de Ábalos/Koldo/Aldama —empujados por la entrada de Pablo Iglesias en el Gobierno de coalición en 2020— consiguieron dar un vuelco a la política exterior española.
En paralelo, Zapatero transformó un grupo de WhatsApp de líderes izquierdistas en el Grupo de Puebla, cuyo objetivo soterrado era blanquear a las dictaduras de la región. Las necesidades internas empujaron a Sánchez hacia los líderes de la “Patria Grande”, erigiéndose en una especie de Simón Bolívar a la española, con Zapatero como maestro de ceremonias. Mientras tanto, el actual ministro de Exteriores, José Manuel Albares, se veía obligado a sobreactuar: “La política de España hacia Venezuela no va a cambiar en absoluto”, aseguraba para disipar conjeturas.
Presos políticos: el salvoconducto
A Zapatero le fascinan los golpes de efecto. Esa misma noche de mayo de 2018, gestionó la liberación de los directivos de Banesco, el banco de Juan Carlos Escotet (dueño de Abanca), quien se había jugado el cuello viajando a Caracas para rescatar a los suyos de las garras de Diosdado Cabello.
Los presos se convirtieron así en el salvoconducto de Zapatero: excarcelaciones a cuentagotas utilizadas como coartada política para profundizar la legitimación del régimen. Cada liberación era un triunfo propagandístico que le daba más cancha para operar.
Pero negociar con mafias exige peajes de sangre. Pocos meses después, agentes del SEBIN asesinaron entre torturas al concejal opositor Fernando Albán, arrojando su cuerpo desde el décimo piso de la sede policial. Mientras el fiscal Tarek William Saab vendía la tesis del suicidio, Zapatero salía al rescate del régimen pidiendo “que se respete el esquema institucional”. Es decir: nada de investigaciones internacionales.
A partir de ahí, su discurso se mimetizó con el catecismo chavista: culpar a EE. UU. de la diáspora, tildar las sanciones de causantes de la pobreza y mantener un estruendoso silencio ante el monumental fraude electoral del 28 de julio de 2024.
La “boutique financiera” y el sobrino canario
Paralelamente a la diplomacia del blanqueo, los informes que llegaban a La Moncloa desde la embajada española ya eran alarmantes: Zapatero también intermediaba en negocios económicos.
Ocho meses después de aquella velada, nació Interbanex, una plataforma cambiaria privada autorizada por el Banco Central de Venezuela a pesar del férreo control de cambios vigente desde 2003. Uno de los socios españoles era el joven Manuel Fajardo, hijo de un senador socialista canario, a quien Zapatero presentaba ante los diplomáticos como su “sobrino”. El reciente auto de imputación del juez José Luis Calama señala a Fajardo como parte clave de la “boutique financiera” del expresidente: “Manuel es la pieza de ZP en Venezuela”, reza el sumario.
Otro nombre propio en la investigación de la Audiencia Nacional es el del empresario Camilo Ibrahim Issa (accionista de Plus Ultra). Issa, que llegó a estar vetado en la embajada por el embajador Silva, fue “rehabilitado” por el expresidente. Los grandes empresarios españoles que necesitaban cobrar deudas millonarias con Venezuela pronto entendieron el mensaje: el único camino hacia Maduro pasaba por el despacho de Zapatero.
“Mi Príncipe” y “La Dama”
El sumario judicial describe las relaciones entre el exlíder del PSOE y la cúpula de Caracas en tonos de culebrón latinoamericano, con apodos explícitos: Zapatero era “mi príncipe” y Delcy Rodríguez, “la Dama”. “La Dama es la que maneja la asignación directa de los barcos [petroleros]”, señala una de las escuchas interceptadas por el juez.
Tras la caída en desgracia de Tareck El Aissami, Delcy escaló hasta la vicepresidencia. El nuevo escenario internacional, con Maduro bajo el foco de la justicia en Nueva York, ha acelerado un plan de los hermanos Rodríguez y Zapatero para consolidar a “la Dama” como presidenta encargada de un Gobierno de facto, bajo la consigna de transmitir “confianza” internacional.
La influencia de Zapatero es tan estructural que ha logrado imponer nombres en la diplomacia bilateral: colocó al falso opositor Timoteo Zambrano —su fiel escudero— como embajador de Venezuela en Madrid, y fue clave en el nombramiento del embajador español en Caracas, Álvaro Albacete.
Hoy, mientras una legión de empresarios busca recuperar inversiones millonarias al calor del petróleo y Washington, Zapatero se ha consolidado como el gran valedor del “chavismo trumpista”. Su último servicio ha sido la defensa de una tramposa Ley de Amnistía que mantiene a 500 presos políticos entre rejas —entre ellos, cinco españoles—. Una ley que, según el expresidente imputado, es “un referente para el mundo y la esperanza fundada en el futuro de Venezuela”.
Agencias

