NotMid 15/04/2026
EDITORIAL NotMid
La lectura que Pekín ha hecho del último encuentro entre Pedro Sánchez y Xi Jinping sitúa a España en una posición diplomática tan delicada como injustificable. No sorprende que China practique, como toda potencia autoritaria, una interpretación interesada de sus contactos internacionales; lo alarmante es que el presidente español haya vuelto a ofrecerse como un activo útil para la estrategia global de Xi. El conflicto trasciende ya lo comercial o lo retórico: afecta directamente a la soberanía, la seguridad y el alineamiento geopolítico de primer orden.
Según el comunicado oficial del régimen, Sánchez no se habría limitado a reiterar la tradicional «política de una sola China» —esa fórmula ambigua que permite a las democracias occidentales reconocer a Pekín sin validar sus pretensiones sobre Taiwán—. Al parecer, el presidente habría ido más allá al suscribir el «principio de una sola China», el dogma mediante el cual el Partido Comunista afirma que la isla es parte inseparable de su territorio y que la «reunificación» es un objetivo legítimo, incluso por la fuerza. El matiz semántico es dirimente. Que Pekín ponga estas palabras en boca de Sánchez, junto al respaldo español a las «cuatro iniciativas globales» de Xi, revela hasta qué punto China percibe a España como una pieza dócil en su empeño por fracturar la unidad de Occidente.
Moncloa, que guarda un silencio sepulcral sobre el asunto, podrá escudarse en las habituales asimetrías de estos comunicados. Sin embargo, resulta grave que el Gobierno se preste a una escenificación que el régimen utiliza para presentarlo como valedor de sus designios imperiales. No estamos ante una mera diversificación comercial, sino ante el riesgo de que España aparezca avalando la agenda estratégica de una dictadura alineada con Putin, hostil a las libertades liberales y señalada por la Comisión Europea como una amenaza para la seguridad del continente.
El contraste con Bruselas resulta especialmente hiriente. Mientras la Comisión alerta de que la penetración china en sectores críticos de energía limpia podría facilitar sabotajes sistémicos en la Unión, Sánchez insiste en retratar a Pekín como un socio de fiar. Mientras la UE busca reducir dependencias sensibles, España se ofrece como puente. Y mientras nuestros aliados preservan la máxima cautela respecto a Taiwán, el presidente permite que China difunda una posición que ninguna potencia occidental relevante asumiría en tales términos.
Lo que Sánchez vende como «autonomía estratégica» empieza a desvelar su verdadera naturaleza: la subordinación de la política exterior a un afán de singularizarse a costa de la posición común europea. Con China no caben frivolidades. Ofrecer a Xi la imagen de una España complaciente no es diplomacia, sino una claudicación que debilita a Europa, compromete a nuestros aliados y somete el interés nacional a una peligrosa operación de propaganda al servicio de un rival sistémico.
