NotMid 26/04/2026
IberoAmérica
La reciente gira europea de María Corina Machado ha despertado expectativas tan altas como la multitud que la arropó el pasado 18 de abril en la Puerta del Sol. Sin embargo, el entusiasmo no ha estado exento de polémica. Para analizar el momento actual, es preciso partir de una premisa: el gobierno venezolano actual es el heredero directo del fraude electoral del 28 de julio de 2024, un robo ejecutado con nocturnidad y alevosía que bloqueó el ascenso al poder de la oposición liderada por Machado y representada por Edmundo González Urrutia.
Si bajo Hugo Chávez y Nicolás Maduro el país sufrió una dictadura que hipotecó su futuro, la estructura autoritaria persiste hoy, a pesar de los efectos de la denominada “Operación Resolución Absoluta”. Hasta ahora, el programa de estabilización de la Administración Trump no ha forzado un cambio de régimen ni una transición democrática; en el peor de los casos, lo que se vislumbra es el relevo de una autocracia por otra, aunque con un barniz de apertura económica.
El escenario óptimo sigue siendo la convocatoria de elecciones libres y sin exclusiones. No obstante, si estos comicios llegaran a celebrarse, el triunfo de Machado marcaría apenas el inicio de un camino minado. En esta “larga marcha”, la oposición debe evitar un error crítico: jugarse todo su capital político a una sola carta o poner todos los huevos en la misma cesta.
La insistencia de Machado en que Trump «ha arriesgado la vida de sus ciudadanos por la libertad de Venezuela» choca con el pragmatismo del movimiento MAGA, cuyo interés por la vigencia de las libertades ajenas es, cuando menos, cuestionable. Es un relato que convence en los foros de la CPAC o en los sectores más radicales del exilio, pero que carece de tracción en la diplomacia real. En su lucha, Machado ha tenido que aceptar tragos amargos, desde el desplante en Mar-a-Lago el pasado 3 de enero hasta la entrega de un premio Nobel de la Paz a Trump que tuvo más de liturgia que de sustancia.
A diferencia de España, donde la solidez democrática permite ciertas licencias en la disputa política, Venezuela se debate en una lucha existencial. Para transitar hacia la libertad no bastan las buenas intenciones ni las promesas de Washington, movidas más por intereses petroleros que por convicciones civiles. Se requiere temple, astucia y, sobre todo, transformar a la líder de masas en una estadista irreprochable. En esta coyuntura, una elección no es el punto de llegada, sino el punto de partida.
Es momento de sumar, no de dividir. Sería un error —similar al de Javier Milei al asumir que todos sus votantes son libertarios dogmáticos— creer que el apoyo mayoritario a Vente Venezuela implica una adhesión total a su programa. Muchos apoyan a Machado por la urgencia de evitar la perpetuación del chavismo, no por identidad ideológica.
Esta necesidad de amplitud se extiende al frente internacional. La gira europea, con paradas en el Elíseo ante Emmanuel Macron y encuentros con Rob Jetten y Giorgia Meloni, ha sido un acierto. Sin embargo, la exclusión de una visita al Palacio de la Moncloa por considerarla «inconveniente» supuso un costo de oportunidad: se perdió la ocasión de un encuentro con el Rey Felipe VI, que habría otorgado una proyección institucional inigualable. Aunque el recelo de Machado hacia el Gobierno de Sánchez es comprensible —explicado por la tibieza en las felicitaciones internacionales o el papel de figuras como Zapatero—, la sobreactuación ideológica es un lujo que la oposición no debería permitirse.
En el agrio debate político madrileño, Venezuela se ha convertido en un arma arrojadiza doméstica. Los venezolanos deben elevarse sobre esa contienda y entender que su enemigo real es el “rodrigato” (el régimen controlado por los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez bajo tutela externa). El éxito de una futura transición dependerá de la capacidad de negociar con todos los actores, incluyendo a potencias regionales como Brasil y México, que en el pasado dieron la espalda pero cuya cooperación será vital para garantizar la estabilidad.
Es, en definitiva, el momento de dejar atrás los prejuicios y apostar por la Política con mayúscula. La respuesta debe articularse desde España, epicentro de la oposición en el exilio y refugio de figuras clave como Edmundo González, Antonio Ledezma o Rocío San Miguel. La libertad de Venezuela requiere hoy menos retórica de trinchera y más clarividencia de Estado.
Agencias

