NotMid 27/09/2026
Estilo de Vida
Los alimentos ultraprocesados, que inundan los carros de la compra y los estantes de los supermercados, no tienen efectos positivos en nuestro organismo. Aunque suelen ser opciones baratas y rápidas, sus secuelas pasan factura a diferentes esferas de nuestra salud, afectando no solo al cuerpo, sino también a la mente y a sus patologías.
En esta línea, la revista JAMA Psychiatry acaba de publicar el primer estudio que compara los síntomas de personas con depresión antes y después de sustituir su dieta habitual de ultraprocesados por una alimentación más saludable. Según destacan los autores, los participantes que redujeron su consumo en más del 85% experimentaron mejoras de moderadas a significativas en tres indicadores de depresión, además de una ligera reducción en los niveles de ansiedad.
¿Qué son los ultraprocesados y por qué enganchan?
Este tipo de productos abarca desde aperitivos envasados y comida rápida hasta bebidas azucaradas y otros bienes elaborados industrialmente que suelen contener conservantes, colorantes artificiales, potenciadores del sabor y emulsionantes.
Reducir su presencia en la dieta es un verdadero desafío. «Son muy apetitosos, baratos y prácticos», señala Nyasha Chagwedera, autora del estudio y profesora adjunta en la Universidad de California en San Francisco (UCSF). La especialista explica que estos alimentos activan la dopamina —la hormona del placer—, lo que estimula el deseo constante de consumirlos.
Del intestino al cerebro
Chagwedera, fundadora del Programa de Salud Metabólica y Mental de la UCSF, apunta que la relación entre los ultraprocesados y la depresión podría explicarse por un intestino permeable y desequilibrado, provocado por el daño que estos productos causan en la mucosa protectora intestinal.
«Este daño puede generar una inflamación crónica de bajo grado en todo el cuerpo, lo que desencadena la depresión directamente o aumenta la vulnerabilidad a padecerla», detalla. En resumen, el procesamiento excesivo de los alimentos deteriora la salud intestinal con repercusiones directas en el cerebro.
Precaución ante un estudio pionero
A la hora de valorar el trabajo, Carmen Romero Ferreiro, doctora en Biología y vicedecana de Investigación en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), destaca una diferencia clave respecto a investigaciones anteriores: mientras que los estudios previos solo observaban una asociación entre el consumo de ultraprocesados y el riesgo de depresión, este evalúa qué sucede al reducir su ingesta en personas que ya sufren el trastorno.
Los resultados son prometedores porque abren la puerta a que la dieta juegue un papel complementario en el abordaje de la depresión. No obstante, Romero matiza que deben interpretarse con cautela: se trata de un ensayo piloto con una muestra reducida (20 personas) y los cambios en los síntomas de depresión y ansiedad no constituían el objetivo principal. «Tampoco permite saber si los resultados se deben específicamente a la retirada de los ultraprocesados o a otros cambios asociados en la dieta, como modificaciones en las calorías, grasas o azúcares», añade. Por tanto, subraya la necesidad de investigaciones más amplias para confirmar los hallazgos y esclarecer los mecanismos implicados.
En una línea similar se pronuncia Rafael Urrialde de Andrés, vicepresidente de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), quien considera que, aunque el estudio está bien planteado, presenta importantes limitaciones. Entre ellas destaca el escaso tamaño muestral —especialmente al segmentar por género—, la ausencia de un rango de edad especificado y la falta de definición sobre qué criterios se utilizaron para clasificar un alimento o bebida como ultraprocesado.
Agencias

