NotMid 06/09/2026
Estilo de vida
En 2017, bajo el eslogan Make your mark («Deja tu huella»), una campaña de Missguided recorrió el mundo como una sacudida eléctrica. En las nueve modelos de la cadena británica de fast-fashion había celulitis, estrías, michelines… Lo habitual de los cuerpos que nunca se había mostrado ni en la publicidad ni en la moda. Al mismo tiempo, Michael Kors subía por primera vez a desfilar con su colección de invierno a una modelo alejada de la habitual delgadez, Ashley Graham, y Glossier, la compañía de belleza que volvía locas a las estadounidenses, usaba a Paloma Elsesser —completamente desnuda, cubriéndose el pecho con un brazo pasando por encima de un michelín— para su campaña Body Hero. El canon de belleza empezaba a resquebrajarse y amenazaba con romperse en mil pedazos. Modelos, actrices e influencers clamaban sin descanso por el body positive y el body neutrality. La dictadura de los cuerpos perfectos había caído.
O no.
No ha pasado ni una década de aquellas imágenes y de ellas apenas queda un breve recuerdo conservado en hemerotecas. Del movimiento que las lanzó a duras penas resisten las brasas que algunos grupos de activistas hacen por mantener vivas. El Ozempic —y otros medicamentos GLP-1— avanza imparable sin mirar qué deja a su paso. El algoritmo se alimenta de rutinas de belleza cada vez más imposibles y las devuelve a millones a quien quiere verlas y también a quien solo pasa por ahí. El heroin chic de los 90 está de vuelta con unas exigencias más férreas. Las alfombras rojas, los perfiles de Instagram y los trends de TikTok vomitan la imagen de celebrities que van adelgazando de semana en semana. La extrema delgadez es la tendencia impuesta. Ha empezado una nueva era.
«Si miramos en profundidad, el mundo sigue siendo diverso, por muchas patrañas que nos vendan para modificar nuestros cuerpos. Aunque tomemos Ozempic, nos pinchemos y nos operemos, la diversidad está», defiende la psicóloga y sexóloga Elena Crespi. «Pero es cierto que hay una tendencia hacia que todos seamos clones, hacia seguir un patrón muy idéntico. Y eso está afectando a la autoestima y a la autoexigencia, está llevando a personas muy jóvenes a estados de depresión. Si estás a examen cada día, el nivel de presión no para de aumentar. Y eso afecta hasta las interacciones sociales y sexuales», concluye la autora de Alimentar a la bestia. Presión estética y orden patriarcal.
Los datos, al menos, así lo corroboran. Según el estudio Autopercepción de la imagen de las mujeres en los nuevos entornos digitales del Instituto de las Mujeres, el 56,7% de las mujeres entre 18 y 30 años siente presión para parecerse a las mujeres que aparecen en sus redes, el 55,6% considera que esas mujeres son delgadas y el 70% asegura recibir anuncios de operaciones estéticas. El Anuario de Psicología de la Universitat de Barcelona de 2025, con una muestra que tenía 23 años de media, señala que quienes mayor preocupación corporal mostraban se sentían «peor» con cuentas que reflejaban cuerpos supuestamente perfectos y tendían a «comparar más su cuerpo con el de otras personas».
Por su parte, el estudio Health Behaviour in School-aged Children, publicado por la Organización Mundial de la Salud tras entrevistar a menores de 11, 13 y 15 años de Europa, Asia Central y Canadá, arrojaba que el 30% de ellos se sentía «demasiado gordo» (el 34% entre las chicas frente al 24% entre los chicos). En la misma línea, la investigación Body Weight Perceptions Among Youth mostraba que sólo el 45% de los 21.000 jóvenes encuestados percibían que su cuerpo era similar al ideal, mientras que el 35% consideraba que su cuerpo era superior al que desearía.
«Las redes sociales multiplican el efecto para bien y para mal. Son como la dinamita, te puede ayudar en algunas cosas, pero destruye muchas otras». — Rosa María Baños, catedrática en la Universidad de Valencia
La realidad no hace más que corroborar esos datos. Serena Williams, Oprah Winfrey o Gracie McGraw han reconocido públicamente el consumo de fármacos GLP-1 para adelgazar. Las celebrities que han experimentado en meses una notable bajada de peso —sin reconocer o negando el uso de estos medicamentos— van de Kim Kardashian a Nicole Kidman, pasando por Charlize Theron, Alexa Demie, Rosalía, Nathy Peluso, Demi Moore, Selena Gomez o Jenna Ortega. Este mismo verano, una foto de Georgina Rodríguez en bikini levantó una oleada de comentarios diciendo que estaba gorda —ella misma ha reconocido que pesa unos 64 kilos—. En el extremo opuesto, Ariana Grande anunció en agosto que daría «un paso atrás» en su exposición pública tras una campaña de acoso por unas fotos donde se la veía demasiado delgada.
«El problema del canon estético es que nunca nadie cree que se ha llegado a él. La mayoría de mujeres de mi entorno que yo consideraría normativas y que entran dentro del canon corporal no creen que estén dentro. Estoy segura de que Ariana Grande tampoco se siente dentro, porque el problema es que ese canon nos educa en la insatisfacción, en adaptarnos continuamente a un modelo perfecto que no existe en la realidad», apunta la filósofa Magdalena Piñeyro, fundadora de la plataforma Stop Gordofobia.
Una idea en la que abunda Jessica Alleva, profesora asociada de la Facultad de Psicología y Neurociencia en la Universidad de Maastricht y experta en desórdenes alimentarios: «Ni siquiera ese ideal de delgadez es suficiente ya en este momento; las críticas sobre el cuerpo siguen estando ahí. Si no cumples con el canon, no te sientes suficientemente bien; si lo haces, te critican. Siempre hay una negatividad alrededor. Parece que todo irá mejor si perdemos peso o cambiamos nuestra apariencia física, pero las investigaciones demuestran que no».
Esa es la trampa del regreso de la delgadez extrema. Lo que se anuncia como la vuelta del heroin chic de los 90 no es tal. Han vuelto esos cánones, sí, pero las exigencias se van ampliando. Ya no vale con entrar en una talla 32 y marcar los pómulos: ahora se impone la delgadez, pero también se exige un cuerpo hipertonificado y con curvas milimétricamente ubicadas. En mayo de este año, se hizo viral en las redes sociales un vídeo en el que una diseñadora de moda cosía almohadillas en la faja de una novia para realzar sus glúteos al tiempo que apretaba su cintura para darle la forma de reloj de arena popularizada por Kim Kardashian.
«Mientras el foco esté puesto en la apariencia y eso sea lo que importe, solo vamos a cambiar unos cánones por otros. Hay una reacción continua a opinar sobre el cuerpo, sobre todo de las mujeres. Si estás gorda, porque has engordado; si estás delgada, porque has adelgazado», afirma Rosa María Baños, jefa de grupo del Centro de Investigación Biomédica en Red (Ciber) Obn.
Y, ahora, la pregunta inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo lo que hace menos de una década parecía la detonación de las reglas corporales ha desembocado en un regreso aún más férreo de las exigencias estéticas? La respuesta fácil sería culpar a la gran popularidad del Ozempic. Y, en parte, es cierto. Pero hay más factores.
Paradójicamente, el gran altavoz de las redes sociales para los movimientos de aceptación ha sido también su tumba. Instagram y TikTok son dos de las plataformas que más han favorecido el regreso de los viejos patrones, con las influencers ejerciendo como correa de transmisión. «Es verdad que las redes pueden ser un espacio de protección, aprendizaje y sororidad, pero el foco está puesto en los cuerpos. Hay toda una industria que se está haciendo rica a costa de nuestro sufrimiento, que ataca directamente a personas vulnerables. Con los algoritmos, hay un claro ganador que es el dinero, y está dispuesto a destruir a quien se ponga en su camino», destaca Elena Crespi.
«Los cánones estéticos son como la zanahoria que se cuelga delante del conejo. Corres y corres, pero nunca la vas a alcanzar». — Magdalena Piñeyro, filósofa y fundadora de Stop Gordofobia
El diagnóstico lo comparten otras expertas internacionales. Marika Tiggeman, profesora emérita en la Universidad de Flinders (Australia) e investigadora de referencia, lo explica así: «Las redes siempre han sido potentes transmisoras de todo. Creo que las imágenes idealizadas siempre han superado con creces a las que promueven la aceptación corporal. Para acceder a contenido que promueve la aceptación hay que estar muy atento, y eso no ocurre con el contenido que idealiza la apariencia».
Rosa María Baños aporta además el componente temporal: «Antes, a esas modelos las veíamos en momentos puntuales, en una revista o en un anuncio de televisión; ahora estamos expuestos 24 horas. Las redes sociales multiplican el efecto para bien y para mal, son como la dinamita».
Los propios movimientos de aceptación corporal se devoraron también a sí mismos. En el momento en que marcas como Dove o Nike los hicieron suyos, sus seguidores percibieron una pérdida de autenticidad. «Es positivo que estas empresas lo adopten, pero fue una forma de ganar popularidad y de vender productos. Eso llevó a una pérdida de significado y a que fuera visto como algo más superficial», indica Jessica Alleva. «Cuanto más irreales se vuelven los ideales de belleza, más frustración y más trastornos alimenticios. Y no es una cosa individual: pensemos en una joven en la escuela que empieza a no comer y a hablar negativamente de su cuerpo. Todas a su alrededor tienen más probabilidades de adoptar esos comportamientos».
El cierre lo pone Magdalena Piñeyro: «Es importante entender que los cánones estéticos no se imponen para ser alcanzados, sino para generar disconformidad. Es como la zanahoria que se cuelga delante del conejo. Corres y corres, pero nunca la vas a alcanzar».
Agencias

