Las puertas giratorias del desastre nacional
NotMid 14/07/2026
Opinión NotMid
Para el resto del mundo es una rareza estrambótica; para los venezolanos, es el eterno «juego de la sillita».
En el régimen chavista, un funcionario público es un comodín absoluto: sirve por igual para ser canciller que para comandar el Ministerio de Tecnología, o da lo mismo si salta de la cartera de Defensa a la de Agricultura.
Bajo esta lógica, los burócratas sirven para todo, pero en la práctica no sirven para nada.
Estas designaciones son el reflejo más puro del desprecio por la función pública.
Es la señal inequívoca de que al régimen no le importa un carrizo una auténtica recuperación económica que devuelva el bienestar a los ciudadanos.
Y frente a esto, cabe preguntarse: ¿por qué habría de importarles, si son ellos mismos quienes destruyeron el país?
Lo que presenciamos no es una gestión de gobierno, sino un constante ajuste de piezas —uno por aquí, otro por allá— mientras se atrinchera el nuevo cogollo y se condena a la total orfandad al ciudadano de a pie.
Por cierto, ese cogollo es cada vez más exclusivo y reducido: los cargos se concentran en un puñado de leales.
Rozando lo impúdico y lo absurdo, resalta el caso de Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, quien actúa de facto como vicepresidente, a veces como ministro de Comunicación, otras como ministro del Interior y, de vez en cuando, hasta de Obras Públicas.
Lo que hemos visto en materia burocrática desde enero hasta ayer se resume en una sola frase: un reacomodo mafioso.
Todo esto enmarcado en una crisis de ilegitimidad y credibilidad infinitas que contamina cualquier intento de gobernabilidad.
Visto lo visto, en la cúpula oficialista no hay nada que pueda ser tomado en serio como un equipo de tecnócratas. Cleptócratas sí, pero tecnócratas jamás.
Sencillamente, no hay con qué.

