NotMid 26/05/2026
ASIA
Hubo un tiempo en que el Partido Comunista Chino convirtió la reproducción en un asunto de Estado: multas, vigilancia vecinal, abortos forzados y una política del hijo único impuesta como requisito indispensable para escapar de la pobreza. Hoy, medio siglo después de aquel experimento social sin precedentes, Pekín se enfrenta al fantasma opuesto: cunas vacías y una población envejecida.
Por primera vez desde que existen registros estadísticos, China —hogar de una sexta parte de la humanidad— tiene más mayores de 65 años que menores de 14. Los últimos datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadística reflejan que el 15,87% de sus más de 1.400 millones de habitantes supera la barrera de los 65, frente al 15,25% de niños.
La diferencia porcentual parece mínima, pero su simbolismo es histórico. Significa que la segunda economía del planeta ha cruzado una frontera demográfica que transformará por completo las pensiones, el consumo, el crecimiento económico y las relaciones generacionales.
El fin del motor juvenil
La población china encogió por primera vez en 2022 y no ha dejado de menguar desde entonces. Aunque la tasa de natalidad repuntó levemente en el último recuento (6,77 nacimientos por cada 1.000 habitantes), sigue congelada lejos de los niveles históricos.
Este declive golpea de lleno a la fuerza laboral. Los ciudadanos de entre 15 y 59 años representan ahora el 61,89% del total, frente al 67,33% de hace una década. Al mismo tiempo, el tamaño de las familias cae en picado: el promedio por hogar ha pasado de 3,10 personas a 2,52 en apenas diez años.
El viejo contrato social que garantizaba la estabilidad del régimen empieza a resquebrajarse. Con más de 220 millones de mayores de 65 años —una cifra que rozará el tercio de la población hacia 2050—, el llamado “dividendo demográfico” que alimentó el milagro industrial y exportador de China se está quedando sin combustible. La presión sobre un sistema de pensiones con cada vez menos cotizantes es ya una urgencia nacional.
De la prohibición al subsidio (y el IVA al preservativo)
Pekín intenta ahora corregir con incentivos lo que antes reguló con castigos. La política del hijo único se abolió en 2015; luego se permitieron dos, después tres, y ahora el Gobierno de Xi Jinping ha desplegado una batería de medidas a la desesperada.
Este año, el Ejecutivo anunció la gratuidad de todos los gastos médicos vinculados al parto y el reembolso de los controles prenatales, sumado a un subsidio de 3.600 yuanes (unos 450 euros) anuales por cada hijo menor de tres años. Sin embargo, la medida que más ha encendido las redes sociales ha sido fiscal: por primera vez desde 1993, los preservativos y anticonceptivos estarán sujetos a un IVA del 13%.
Esta subida de precios forma parte de un paquete legal que combina exenciones fiscales por crianza con ayudas a los “servicios de introducción al matrimonio” —un intento estatal por subvencionar y modernizar a las agencias matrimoniales y las tradicionales casamenteras—.
Ciudades natales y madres solteras
En su carrera contra el reloj demográfico, el régimen ha lanzado una campaña para certificar ciudades y empresas como “entornos amigables con la natalidad”, buscando abaratar los costes de crianza y educación. Con una tasa de fertilidad que ronda un solo hijo por mujer —muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1—, Pekín empieza a valorar medidas desesperadas.
Entre las propuestas más disruptivas figura desvincular legalmente la maternidad del matrimonio para otorgar plenos derechos a las mujeres solteras que decidan ser madres; un giro radical que desafía las normas más conservadoras de la sociedad china. La urgencia es real: en el primer trimestre del año, los registros matrimoniales cayeron un 6,2% interanual (1,69 millones de parejas), marcando el suelo más bajo para ese periodo desde la pandemia. China ya no se casa, y Pekín necesita, como sea, que vuelva a tener hijos.
Agencias

