NotMid 12/01/2026
EDITORIAL
El término trolleo, derivado del inglés to troll, se ha instalado en nuestro léxico político para describir el arte de provocar, molestar o ridiculizar al adversario en el ecosistema digital. Sin embargo, en el tablero venezolano, el “trolleo” de Donald Trump hacia Delcy Rodríguez trasciende la anécdota: es un juego de espejos riesgoso para ella, pero potencialmente revelador para el país.
Existe una asimetría moral alarmante en nuestra opinión pública. Hay quienes se rasgan las vestiduras ante la procacidad de un tuit de Trump, calificándolo de grosero o irresponsable, pero guardan un silencio cómplice ante las violaciones sistemáticas de derechos humanos en casa. El “trolleo” puede herir sensibilidades; la tortura, la desaparición forzada y el saqueo del erario público son crímenes de lesa humanidad que aguardan una justicia que, tarde o temprano, habrá de llegar.
La crueldad del régimen se manifiesta de formas retorcidas. Prometer la liberación de presos políticos para luego dilatar los procesos es, en sí mismo, una extensión de la tortura aplicada a familiares y amigos. Es jugar con la esperanza como quien juega con una soga.
Que Trump se arrogue la cualidad de “Presidente en funciones” de Venezuela es una estridencia que nos devuelve a la raíz del conflicto: la ruptura absoluta del hilo democrático. Estamos en esta situación sui generis porque Nicolás Maduro no ganó una elección; la usurpó. Al ser extraído del poder, el vacío fue llenado por una figura cuya legitimidad es nula por derivación. Delcy Rodríguez no es solo una vicepresidenta de facto; es hoy una “Presidenta interina” elevada al cuadrado por la fuerza de las circunstancias. Por más que medios como el New York Times intenten blanquear su imagen, presentándola como una tecnócrata moderada y de modales refinados, la realidad del historial represivo es indeleble.
Estamos, sin duda, en el primer capítulo de una nueva temporada de nuestra tragedia nacional. La entrega anterior cerró con el villano tras las rejas y la heroína reivindicada con el Nobel de la Paz. El guion de la historia es ahora impredecible, pero el país clama porque los tiempos de la política no retrasen más el desenlace que la justicia exige.

