NotMid 05/07/2026
Editorial NotMid
Todavía aturdidos por el impacto de los terremotos, quizás no hemos alcanzado a dimensionar el alcance y la trascendencia de la reacción colectiva de los venezolanos en las primeras horas de la tragedia.
Tan formidable fue la ola de solidaridad y unión nacional, que la primera reacción del régimen fue criminalizarla y entorpecerla.
Saben bien el potencial incontenible que posee el país cuando se cohesiona, física y espiritualmente, en pos de un objetivo superior.
Esa respuesta rápida, espontánea y desinteresada —desbordante de coraje y desprendimiento— transformó a los venezolanos de adentro y de afuera en un bloque social inquebrantable de rescate y socorro.
Es la prueba más fehaciente de lo que somos capaces de lograr cuando el destino nos pone a prueba.
El principal pilar del pillaje que desgobierna a Venezuela siempre ha sido el «divide y vencerás». La dictadura ha instrumentalizado la fragmentación, la intriga y las rivalidades para erosionar la fuerza de la sociedad y anular su capacidad transformadora.
Por eso, la ilegítima Delcy y su camarilla no pueden ver con buenos ojos lo ocurrido el pasado 24 de junio y los días subsiguientes.
Frente a la catástrofe, emergieron redes de salvación y apoyo popular al margen de la mafia oficialista, e incluso en abierta resistencia a ella.
Ante su propia irrelevancia, los usurpadores activaron de inmediato la censura, el hostigamiento a la prensa y el aparato de propaganda. Intentaron desvirtuar una gesta ciudadana que salvó cientos de vidas a pura fuerza de voluntad, heroísmo y resiliencia; una movilización que demostró que, además de ineficientes, los ocupantes de Miraflores son prescindibles.
Nadie debe olvidar lo que cada quien hizo —y sigue haciendo— en medio de esta dolorosa coyuntura para tenderle la mano a su familia, a su vecino y al prójimo.
Ese capital social, ético y humano, es justamente el motor que nos conducirá hacia la libertad y el porvenir que todos anhelamos.

