NotMid 08/07/2026
OPINIÓN
LAUREANO MÁRQUEZ
El terremoto que hemos padecido en Venezuela me ha puesto a meditar sobre el tema del miedo; entre otras cosas, porque mientras escribo estas líneas en la madrugada caraqueña, aún siento —sin razón real— la sensación de que está temblando y de que el trágico episodio del 24 de junio puede repetirse.
Es decir, quedé marcado con un temor a los sismos que permanecerá el resto de mi vida.
Todo esto lo resume, como suele suceder con frecuencia, un refrán popular venezolano: «el picado de culebra, cuando ve bejuco tiembla».
El refrán, sabio como todas las intuiciones populares por las verdades que expresa, esconde un contenido más profundo: nos remite a la manera como opera nuestro cerebro a la hora de producir esa respuesta instintiva que denominamos «miedo».
En nuestra defensa, los seres humanos tenemos dos grandes salvadores que nos mienten, pero para nuestro bien: el cerebro y la madre. Ambos se ocupan de generar en nosotros temores para mantenernos alejados de los peligros.
Cuando el cerebro «ve» un bejuco parecido a una culebra, no tiene tiempo de examinarlo con cuidado para verificar qué es. Él prefiere mandarte a correr mientras determina si la amenaza es real. Bueno, la explicación científica es que el Tálamo (no el nupcial, el otro) envía una respuesta rapidísima a la Amígdala (no la de la garganta, la otra) y ordena una reacción inmediata que la parte racional del cerebro no tiene tiempo de cancelar y en nanosegundos prepara el cuerpo para la lucha o la huida. Si no funcionara de esta manera, viviríamos siempre en gran riesgo de perder la vida por no estar alertas ante el peligro.
Es también lo que hacían nuestras madres, bien a cholazo limpio, cuyo lanzamiento se producía también en nanosegundos, o bien de una manera más tierna cantándonos: «duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá».
Los seres humanos vivimos básicamente dos clases de tragedias: las naturales y las que producimos nosotros mismos. Las primeras, obviamente, no requieren de mayor comentario ni explicación, las conocemos bien; las segundas están constituidas por una infinita variedad de acciones con las cuales nos causamos daño: guerras, exterminios, crímenes, regímenes políticos opresores y violadores de los derechos humanos, entre otras tantas.
Podríamos decir que las primeras pertenecen a la naturaleza física regida por la ley de necesidad y las segundas a la naturaleza humana regida por la libertad y el libre albedrío, es decir, son políticas, atendiendo al concepto aristotélico de zoon politikón, y aquí entramos en el sísmico territorio de la ética. Ambas generan en nosotros miedo, ambas son destructivas por igual y muchas veces las humanas lo son en un nivel superior a las naturales. El miedo, ya lo decía Maquiavelo, es una de las herramientas más poderosas de las que se puede disponer en política.
Las tragedias naturales son, casi siempre, impredecibles, y solo cabe estudiarlas con nuestra ciencia y prepararnos para ellas. Volviendo a Maquiavelo, ya lo decía en el capítulo XXV de El Principe: «la fortuna es árbitra de la mitad de nuestros actos; pero nos deja regir la otra mitad, o poco menos, a nosotros». De modo que si uno vive junto a un río debe estar listo para las crecidas y construir diques; si uno vive en zona sísmica, debe estar entrenado para afrontar un terremoto.
Las tragedias humanas, en cambio, son predecibles. Por ejemplo: cuando un régimen proclama que un grupo étnico, social o religioso no está compuesto por seres humanos, sino por bichos, y simultáneamente construye cámaras de gas, solo un Chamberlain puede creer que no se está preparando para aniquilarlos.
No pocas veces hemos visto acciones humanas borrar ciudades enteras con más eficiencia que un terremoto. Le tenemos, pues, miedo a la naturaleza y miedo también a nosotros mismos.
El ser humano necesita del miedo para protegerse. Llama la atención que, en los países del primer mundo, donde la seguridad es mucho mayor que en nuestros predios del subdesarrollo, las sociedades tengan que inventarse temores. Veo, por ejemplo, los Sanfermines en España: jóvenes que se enfrentan a manadas de toros para sentir una adrenalina que la aburrida vida cotidiana no les ofrece. A nosotros, sin embargo, que vivimos miedos permanentes y cotidianos, ante lo natural y lo humano, no se nos ocurriría jamás inventarnos un peligro adicional, tenemos suficientes. Por el contrario, estamos buscando la manera de quitarnos angustias de encima.
El miedo, que es una emoción normal, puede convertirse en algo patológico cuando deja de protegernos para transformarse en una limitación. Es entonces cuando la alerta se descoyunta en ansiedades generalizadas, trastornos de pánico o fobias persistentes; cuando el miedo, que es el guardián de nuestra vida, se convierte en carcelero de nuestra libertad. Para evitar esto último debemos tomar acciones cotidianas: desarmar los pensamientos trágicos, detectar los temores habituales y actuar para enfrentarlos, controlar las reacciones físicas y desarrollar mecanismos de autocontrol. Mucha información puede hallarse sobre esta materia.
Alguien comentará: «es muy fácil decirlo, lo complicado es ponerlo en práctica». Es verdad. Quien escribe no lo hace desde la ausencia de miedos, que los tiene y muchos; algunos de ellos no se atreve ni siquiera a publicarlos, justamente por miedo. Así que, probablemente, estimado lector, estas reflexiones las hago para mí, tanto como para usted.
La valentía no es lo contrario al miedo. El que es valiente no lo es porque no tenga temor, sino porque, teniéndolo, hace lo que debe hacer desde el punto de vista moral y ético. Por eso mismo, todos nos hemos sentido orgullosos de los que, viviendo un pavor inmenso, se atrevieron a vencerlo para salvar las vidas de sus semejantes, poniendo en evidencia que hay una naturaleza humana que mata, sí, pero hay otra que salva con infinito compromiso, arriesgando incluso la propia vida por el puro amor a la vida toda.
Esa es la naturaleza humana a la que me aferro, a la de la bondad y la entrega, a la del compromiso con los semejantes y la esperanza. Es la que me hace sentirme orgulloso de ser venezolano.
Laureano Márquez P.
@laureanomar

