NotMid 09/07/2026
OPINION NotMid
La evidencia más dolorosa y cruel de la colosal devastación chavista no se mide solo en cifras; se palpa en la privatización del rescate y del auxilio en la zona del desastre.
Es la constatación descarnada de un Estado ausente, pero también de la desvergüenza de un régimen con una voracidad depredadora insaciable.
Desde el primer día de los terremotos, el panorama es de una desesperación desgarradora. Numerosas familias se han visto obligadas a autogestionar el milagro de la supervivencia: organizan colectas, recaudan fondos de emergencia y suplican por colaboración para alquilar maquinaria pesada o dotar de implementos básicos a los rescatistas.
Todo esto, con el único y agónico fin de mantener vivas las labores de búsqueda de sus seres queridos bajo los escombros.
Mientras tanto, como si la tragedia no fuera con ella, la cúpula mafiosa observa el dantesco escenario desde el confort del poder.
El régimen se ha acostumbrado a parasitar la histórica vocación del «resuelve» del venezolano, quien hoy padece las consecuencias lacerantes de una catástrofe natural, multiplicadas hasta el infinito por la destrucción institucional que gestó la llamada «revolución bolivariana»
Callar ante esta obscena realidad —justo cuando el oficialismo desempolva la gastada cantaleta de las sanciones y en Miraflores se frotan las manos ante los millones de dólares que ingresarán por ayuda internacional— es convertirse en cómplice.
Es convalidar el saqueo impune de los recursos de la nación y su posterior reparto entre capos y colaboradores.
Estamos ante un desfalco descomunal y salvaje que primero provocó una crisis humanitaria sin precedentes y que hoy deja en la orfandad asistencial absoluta a millones de venezolanos.
Hoy, nuestro pueblo es víctima de una doble pinza: la furia de la naturaleza y la depravación de quienes usurpan el poder.
De aquellos polvos del saqueo y el abandono, vinieron estos lodos de muerte y desamparo.

