NotMid 22/02/2026
ASIA
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que Pekín era un destino periférico en las agendas occidentales. China asomaba como la “fábrica del mundo”, pero se percibía como un socio incómodo, más presente en los informes de derechos humanos que en los salones de la alta diplomacia. Las visitas eran esporádicas, casi siempre motivadas por la obligación económica y teñidas de una cierta condescendencia estratégica.
Hoy, el paisaje es radicalmente distinto. La arquitectura internacional que Estados Unidos monopolizó durante décadas, y bajo cuyo paraguas la Unión Europea se sintió segura, presenta grietas profundas. Pekín ya no es una opción; es una parada obligatoria. Los mismos aliados que orbitaban sin fisuras en torno a Washington llaman ahora a la puerta de Xi Jinping sin complejos.
El desfile de las potencias
Desde diciembre, el trasiego de aviones oficiales ha sido incesante. Emmanuel Macron, Mark Carney y Keir Starmer han encabezado una procesión de líderes que incluye a Finlandia, Irlanda y Corea del Sur. A finales de este mes, se sumará el canciller alemán, Friedrich Merz. El mensaje implícito de la maquinaria mediática del Partido Comunista es cristalino: el “Norte Global” está escuchando.
El broche de oro lo pondrá Donald Trump en abril. Su visita, cargada de simbolismo, llega en un momento de tregua comercial tras años de fricción. Apenas dos semanas después, será el turno de Pedro Sánchez. Para el presidente español, este será su cuarto viaje oficial, una frecuencia insólita que confirma a España no solo como un socio prioritario, sino como la principal puerta de entrada para la inversión china en sectores críticos como las renovables y la automoción.
El pragmatismo de Moncloa
Sánchez ha perfeccionado un delicado equilibrismo: mantiene la coordinación con la UE en temas sensibles, pero, a diferencia de otros colegas europeos, opta por el silencio en materia de derechos humanos durante sus estancias en China. Para el Ejecutivo español, el componente económico es la brújula absoluta.
“Mientras Trump desata tormentas, Xi Jinping construye puentes”, afirma un veterano diplomático chino. Es una lectura compartida: frente a la volatilidad arancelaria de Washington, Pekín se vende como un socio predecible.
Soft power y economía: la pinza china
El avance de China no es solo diplomático; es cultural y de mercado. Mientras empresas como Pop Mart —creadora de los omnipresentes muñecos Labubu— ven sus acciones dispararse un 400%, la imagen global del gigante asiático mejora a ritmo de vértigo. Según The Economist, la preferencia por China como potencia líder ha subido 11 puntos, alcanzando el 33%, mientras el apoyo a EE. UU. retrocede.
Esta ofensiva de “encanto” tiene cimientos sólidos:
- Infraestructuras: La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha tejido una red de dependencia en el Sur Global.
- Narrativa de no injerencia: Una alternativa pragmática frente a un Washington percibido como “condicionante”.
- Dominio comercial: Con 1.400 millones de consumidores y el control de las tierras raras y baterías, China es el pulmón de la industria verde mundial.
Entre balones de fútbol y literatura
La diplomacia moderna en Pekín también se juega en las distancias cortas. Keir Starmer entregó a Xi un balón de la Premier League, apelando a la conocida afición futbolística del líder chino. Por su parte, el irlandés Micheál Martin terminó hablando de literatura decimonónica tras descubrir que ambos compartían una fascinación juvenil por la novela El Tábano.
Sin embargo, tras las anécdotas y las alfombras rojas, subyace una tensión real. Macron ya ha advertido en Davos sobre el “exceso de capacidad” chino que amenaza con saturar los mercados europeos. Pero el hambre de capital y la necesidad de asegurar cadenas de suministro parecen pesar más que los recelos.
El mensaje que emana de la Ciudad Prohibida es ya un axioma geopolítico: el centro de gravedad del mundo se ha desplazado, y los aliados de Washington están aprendiendo a vivir en un sistema de doble órbita.
Agencias
