NotMid 13/05/2026
ASIA
Donald Trump aterrizó este miércoles en Pekín rodeado de altos ejecutivos estadounidenses y bajo un ruido de fondo mucho más inquietante que el de su primera visita en 2017. En aquel entonces, el mandatario estadounidense llegaba a una capital donde Xi Jinping aún consolidaba su poder interno y donde Washington mantenía la convicción de que el gigante asiático podía ser contenido mediante presión comercial y diplomática. Hoy, el equilibrio de fuerzas se ha invertido: Trump regresa a una China tecnológicamente más avanzada y con una influencia notablemente mayor en el tablero global.
Al descender del Air Force One al anochecer pequinés, el presidente fue recibido por los vítores de 300 adolescentes chinos, una banda militar y la guardia de honor. En la pista lo esperaba el vicepresidente chino, Han Zheng, junto a una niña vestida de rojo que le entregó un ramo de flores. Tras el mandatario bajaron su hijo Eric y su esposa Lara, seguidos al fondo de la comitiva por titanes tecnológicos como Elon Musk (Tesla) y Jensen Huang (Nvidia). Al final de la alfombra roja aguardaba “La Bestia”, el vehículo presidencial blindado.
Pekín ha desplegado un férreo dispositivo de seguridad y restricciones de tráfico en puntos clave. El epicentro del blindaje es el lujoso hotel Four Seasons —donde se hospeda Trump, a solo 700 metros de la embajada de EE. UU.— y el Kempinski Beijing Yansha Centre, alojamiento del resto de la delegación. Las restricciones también alcanzan al turístico Templo del Cielo, el complejo imperial del siglo XV que el mandatario visitará el jueves tras su primer encuentro con Xi.

La sombra sobre Taiwán
Esta ansiada cumbre de dos días se seguirá con extrema atención —y evidente nerviosismo— desde Taiwán. Las alarmas en la isla autogobernada, que Pekín reclama como provincia rebelde, se encendieron antes de que el avión presidencial tocara suelo chino.
Antes de partir de Washington, Trump rompió una línea roja diplomática respetada durante décadas por republicanos y demócratas al asegurar que hablaría con Xi sobre la venta de armas estadounidenses a Taipéi; una decisión que la Casa Blanca jamás consultaba con Pekín. “Al presidente Xi no le gustaría que lo hiciéramos, y hablaré de ello”, afirmó en una frase aparentemente improvisada que ha desatado la preocupación en Taiwán y entre aliados clave como Japón y Corea del Sur.
La composición de la delegación estadounidense refuerza la trascendencia del encuentro. Además del secretario de Estado, Marco Rubio, destaca la inusual presencia del secretario de Defensa, Pete Hegseth. Expertos militares sugieren que su participación busca reactivar las comunicaciones directas entre los dos ejércitos más poderosos del mundo para evitar incidentes.
Hace apenas cinco meses, la Casa Blanca aprobó un paquete récord de venta de armas a Taiwán por 11.100 millones de dólares, y ya prepara otro de 14.000 millones. Según fuentes cercanas a la cumbre citadas por The New York Times, Pekín ha intensificado la presión para que la Administración Trump abandone su histórica “ambigüedad estratégica” (la política declaratoria sobre el estatus de la isla) y muestre una oposición explícita a cualquier declaración formal de independencia. Una concesión de tal calibre supondría un vuelco geopolítico que los aliados asiáticos consideran altamente peligroso.
Por su parte, Zhang Han, portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán de China, zanjó el miércoles que la isla es un asunto interno: “Nos oponemos firmemente a que EE. UU. establezca cualquier tipo de vínculo militar con la región china de Taiwán y a que le venda armas. Esta postura es coherente e inequívoca”. En Taipéi, el temor real es que Trump termine utilizando la seguridad de la isla como moneda de cambio en una negociación más amplia; un recelo que aumentó en febrero, cuando la Casa Blanca retrasó la notificación al Congreso sobre nuevas exportaciones militares tras presiones directas de Pekín.
El factor Irán y el pulso comercial
El contencioso de Taiwán es solo una pieza del rompecabezas. Trump llega a China debilitado políticamente por la guerra en Irán, un conflicto que ha castigado su popularidad y provocado un nuevo terremoto económico global. La cumbre, prevista inicialmente para marzo y pospuesta por la crisis en Oriente Próximo, se celebra ahora con un Washington que busca oxígeno y apoyo internacional.
Está por ver si Trump logrará que Xi reduzca el soporte económico a Teherán, dado que Pekín ha sido el principal salvavidas del régimen iraní mediante la compra de petróleo y el uso de canales financieros alternativos para sortear las sanciones occidentales.
En el plano bilateral, la prioridad es evitar que se reactive la guerra comercial del año pasado. Funcionarios estadounidenses revelaron que se evalúa la creación de una “Junta de Comercio” para gestionar sectores no estratégicos y amortiguar futuros choques arancelarios. Washington también confía en cerrar compromisos de compra sustanciales en dos sectores vitales para la base electoral de Trump: la soja y la aviación. Según Bloomberg, durante la visita se anunciará la venta de 500 aviones Boeing 737 Max, uno de los mayores pedidos de la historia del fabricante. Con todo, la prórroga de la tregua arancelaria firmada en octubre sigue en el aire.
“China aspira a cooperar con Washington en un espíritu de igualdad, respeto y beneficio mutuo”, declaró Guo Jiakun, portavoz de Exteriores chino, anticipando “intercambios de opiniones en profundidad sobre desarrollo y paz mundial”. Mientras tanto, un optimista Trump aseguró antes de aterrizar que espera “grandes cosas” y definió a Xi como “un amigo” con el que mantiene una sólida relación.
La agenda oficial incluye una ceremonia de bienvenida, dos reuniones formales, un banquete de Estado y la cita en el Templo del Cielo. El despliegue de la delegación empresarial, que también incluye a Tim Cook (Apple), evidencia que, a pesar de la feroz rivalidad geopolítica, los lazos económicos entre ambas superpotencias siguen siendo demasiado profundos como para romperse por completo.
Agencias

