NotMid 12/05/2026
ASIA
Las primeras señales de que, esta vez, Donald Trump no pospondría su viaje a Pekín —como ya hizo en marzo— no llegaron por canales diplomáticos, sino a través de vídeos virales en las redes sociales chinas. En las imágenes, una hilera de todoterrenos negros avanzaba por las autopistas de la capital escoltada por la seguridad local. Eran los Chevrolet Suburban del Servicio Secreto, inconfundibles para cualquier analista de geopolítica. En la caravana destacaba “la Bestia”, la limusina blindada que Estados Unidos desplaza por el mundo como una embajada sobre ruedas.
Para los pekineses, el despliegue logístico y el aterrizaje de los imponentes C-17 Globemaster III fueron la confirmación definitiva: la cumbre entre Xi Jinping y Trump era un hecho. La llegada del aparato militar estadounidense disparó la expectación ante la cita diplomática más relevante del año.
EE. UU. y China han confirmado finalmente que Trump aterrizará este miércoles por la noche en un Pekín muy distinto al de 2017. En aquel primer mandato, Xi desplegó una coreografía imperial: una cena privada en la Ciudad Prohibida y fastuosas ceremonias diseñadas para seducir al líder republicano con la grandeza histórica china. Pero aquello pertenece a otra era; sucedió antes de la pandemia, de la guerra tecnológica y de que ambas superpotencias quedaran atrapadas en una espiral de sanciones, aranceles y sospechas de espionaje.
Un presidente debilitado
Este será el primer viaje de un presidente estadounidense a China en casi nueve años, pero el contexto es drásticamente distinto. El consenso de los analistas apunta a que Trump llega debilitado. “Necesita un acuerdo que pueda vender como una victoria interna antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre”, señala Alicia García-Herrero, economista jefe de Natixis. “Llegará en una posición negociadora extraordinariamente frágil para un líder que ha hecho de la fortaleza su sello distintivo”.
Mientras Trump lidia con el conflicto en Irán sin el respaldo de sus aliados europeos y con una economía lastrada por aranceles que el propio Tribunal Supremo ha bloqueado, Xi Jinping goza de una estabilidad sin fisuras electorales. Según García-Herrero, Pekín ha optado por una “estrategia de contención calculada”, respondiendo a la política exterior de Washington con retórica dura y un rechazo frontal a su hegemonía.
El diagnóstico de Pekín
“La fragilidad doméstica coloca a cualquier presidente estadounidense en una posición precaria frente a Xi”, coincide Brett Bruen, exdirector de relaciones globales de la Casa Blanca. En Pekín, los asesores cercanos al poder comparten el diagnóstico: Trump llega presionado por su baja popularidad, el desgaste militar en Oriente Próximo y un caos judicial que ha desmantelado su principal arma política.
Recientemente, la Corte Suprema de EE. UU. declaró inconstitucional parte del esquema de aranceles de Trump —que llegaron a alcanzar el 145% en ciertos productos—. Esta decisión obliga a la Casa Blanca a seguir procesos administrativos lentos, eliminando la capacidad del presidente para improvisar medidas económicas mediante decretos o redes sociales.
Los puntos de fricción: Irán y Taiwán
Aunque en su último encuentro en Busan (Corea del Sur) ambos líderes pactaron una tregua, los problemas estructurales persisten. Washington mantiene el veto tecnológico en semiconductores e IA, mientras China utiliza su control sobre los minerales críticos como palanca de presión. De hecho, expertos como Heidi E. Crebo-Rediker advierten que el gasto militar de EE. UU. en Ucrania y Oriente Próximo agrava su dependencia de las tierras raras dominadas por China.
La guerra en Irán sobrevolará cada mesa de negociación. Pekín cree que Trump está atrapado en un conflicto que consume su capital político, y aunque el estadounidense buscará que Xi “frene su apoyo a Teherán” —tras las recientes sanciones a refinerías chinas—, el régimen chino mantiene una ambigüedad estratégica. Necesita el crudo iraní y rechaza las sanciones, posicionándose como un “actor racional” frente a una administración Trump que perciben como errática.
Finalmente, Taiwán sigue siendo el punto de ruptura. Mientras el ministro Wang Yi califica a la isla como “el mayor riesgo” bilateral, Pekín espera señales de moderación de un Trump que, en los últimos meses, ha mostrado más interés en la competencia económica que en el valor democrático de Taipei.
Agencias

