Su suerte estaba echada desde el 19 de enero, cuando se publicó que cobraba de su amigo detenido. El verdadero alcance del escándalo está en su dimensión de comisionista internacional de China y Venezuela
NotMid 24/05/2026
OPINIÓN
JOAQUÍN MANSO
José Luis Rodríguez Zapatero es un gran aficionado a proclamar citas de Borges. Y él mismo, como un personaje borgiano, parecía vivir dentro de una ficción moral de sí mismo. «La imputación de Zapatero por delitos de corrupción política viene a ser como si la madre Teresa de Calcuta fuera acusada de liderar una trata de seres humanos desde su voto de pobreza», escribía el viernes Lucía Méndez, que acierta en la desproporción de esa sacralización casi religiosa.
Desde que irrumpió por sorpresa en aquel congreso del PSOE postfelipista del año 2000, su pacifismo retórico, su buenismo impostado y su blandura escénica le han funcionado como salvoconducto ético: su primer talento político fue conseguir que media España identificase la mansedumbre de Bambi con la pureza del alma. Su sonrisa beatífica y el arqueo de sus cejas eran la prueba de su inocencia. Talante y optimismo antropológico. El buenecito de Zapatero. Nuestro pana, bro.
La suerte de Zapatero estaba echada desde que el 19 de enero, en una de tantas exclusivas sensacionales, Esteban Urreiztieta publicó que el ex presidente cobraba «cantidades», que luego fuimos precisando, por «asesorías retribuidas de consultoría global» que le pagaba su amigo detenido en la operación de Plus Ultra. El tal Julito Martínez con el que hacía running por El Pardo.
Aquel eufemismo apenas disimulaba ya entonces el lucrativo negocio de la influencia o la intermediación opaca. Lo más elocuente era el cliente: un gualtrapa de su máxima confianza ligado a una trama de blanqueo de fondos procedentes del crimen en Venezuela y alrededor del dudoso rescate del Gobierno a la aerolínea fantasma del chavismo. Cuando el 11 de febrero descubrimos que existía un contrato que garantizaba al pagador de Zapatero el 1% de la operación, la imputación era cuestión de tiempo. La primicia de Ángela Martialay de la imagen que hoy ilustra la portada, ostras y champán con cargo a esa comisión, destruye un icono. Ahora bien: el alcance del auto del juez José Luis Calama tiene un potencial sideral que trascenderá la política doméstica. Hemos visto la punta de un iceberg.
Zapatero representaba la encarnación de la pretendida superioridad moral que utiliza la izquierda para afirmarse sobre la otra mitad de España. El shock será esta vez insuperable. El ángel caído se ha convertido súbitamente en un activo tóxico por la razonable sospecha de que el enriquecimiento personal será mucho mayor que el hasta ahora conocido, con el impacto emocional añadido de la utilización de sus hijas. Pedro Sánchez marcó en el Congreso el camino: devolver al ex presidente al baúl de los recuerdos en el que ya lo metió una vez el 15-M y al mismo tiempo reivindicar su legado. Porque ese legado le dota a él de una genealogía política.
Moncloa no podrá hacer pasar a Zapatero como el pasado porque toda la arquitectura moral, institucional y política del sanchismo está inspirada en la idea de España y la visión del mundo que promueve el ex presidente. La relectura frentista de la historia, el pacto de San Sebastián redivivo, la reivindicación sentimental de las autocracias del Sur Global. Toda la operativa estratégica y de alianzas de este Gobierno descansa sobre ese pilar de carga. Y esa influencia sobre Sánchez es la que nuevamente se convirtió en un business. Como le dijo Feijóo, «sin su Consejo de Ministros, Zapatero no habría podido delinquir».
El verdadero alcance del escándalo lo da la dimensión de comisionista internacional de Zapatero. El juez describe su «intervención directa» en operaciones con petróleo, oro y divisas, mediante la fórmula de remitirle una carta a la oficina que el PSOE le puso en la calle de Ferraz, para que él la tramitase con la Dama Delcy. El ex presidente era «la garantía» del crudo venezolano en China.
Precisamente Javier Redondo recordaba este enero algunas intervenciones de Zapatero ante el Grupo de Puebla: «Es muy importante que la izquierda latinoamericana haga un diálogo con China para recuperar el orden multilateral»; «tenemos que hacer que China y la UE pongan a EEUU en una situación imposible». Sobre estos materiales, hoy atravesados por la sombra de la corrupción, Sánchez ha construido desde la Internacional Socialista su personaje de oposición global al trumpismo. En la Casa Blanca no lo olvidan y la pista de la cuenta en Miami, descubierta también por Urreiztieta, vincula directamente la trama con el latrocinio del chavismo.
El director para las Américas de Human Rights Watch nos dio hace años un testimonio estremecedor: «Zapatero es un gran encubridor de los abusos y de las atrocidades de Maduro y compañía. La gran pregunta es, ¿por qué lo hace? ¿Qué le motiva a intervenir de esta manera tan descarada para proteger al régimen de Maduro? ¿Por qué Zapatero hace algo tan triste?». La respuesta la tenemos cada vez más cerca y conduce a otras dos preguntas: ¿En qué medida la política exterior de España ha estado condicionada por intereses personales de esta naturaleza? ¿De Zapatero o no sólo de Zapatero?

