NotMid 04/05/2026
Opinión NotMid
Se ha instalado en el debate político un fantasma recurrente: el miedo a la represalia. Hay quienes sostienen que, de celebrarse elecciones libres, el ganador inevitablemente cobrará con sangre o persecución los agravios acumulados durante décadas.
Bajo esta premisa, proponen una transición que no comprometa la estabilidad, una donde el perdedor no sea borrado del mapa y donde el resultado sea de suma positiva.
Es un temor comprensible, pero se ha convertido en una forma de chantaje narrativo.
La realidad es que la mayoría de los venezolanos no busca revancha, sino institucionalidad.
Irónicamente, quienes hoy claman por evitar un escenario de “suma cero” son los mismos que lo practican a diario: porque quien tuerce la voluntad popular está cobrando venganza contra su propio pueblo. Desconocer el voto o clausurar las urnas es la expresión máxima de ese juego donde uno lo gana todo y el ciudadano lo pierde todo.
Estamos exhaustos de las facturas históricas. Hace un cuarto de siglo, otros llegaron al poder con la bandera de agravios —reales o fingidos— y han ejercido una retaliación sin límites durante 25 años. Ya basta. La nación no puede seguir siendo el rehén de una vendetta infinita.
Lo que Venezuela exige no es un nuevo verdugo, sino justicia. Queremos el restablecimiento de los derechos humanos y el respeto al derecho elemental de elegir. No es una petición compleja, es el mínimo democrático para romper, de una vez por todas, el ciclo de la revancha.

