NotMid 22/04/2026
ASIA
Li Wei posee dos apartamentos en la costa de Yantai. El primero lo adquirió hace 12 años, cuando el metro cuadrado parecía una apuesta infalible en esta ciudad portuaria del noreste de China, entonces en plena ebullición. El segundo llegó poco después con un propósito vital: asegurar el futuro de su hijo cuando llegara el momento de casarse. Hoy, a sus 46 años y con ahorros sólidos, Li aspira a un tercer piso aprovechando la reciente caída de precios. Sin embargo, en China, el ladrillo no siempre es campo abierto para el inversor.
El Gobierno local de Yantai, una urbe de tres millones de habitantes, flexibilizó el año pasado el límite de propiedades por familia, permitiendo registrar hasta tres. Pero Li, dueño de una academia, ha chocado contra un muro financiero. “Para una tercera propiedad, el banco me exige un pago inicial superior al 75%”, lamenta. Además, se han acabado los tipos de interés preferentes de sus primeras compras.
El apartamento que Li codicia —90 metros cuadrados en el centro de la ciudad— ronda los dos millones de yuanes (unos 245.000 euros), una cifra asequible comparada con los prohibitivos precios de Pekín o Shanghái. Pero el sistema es rígido: un extranjero, por ejemplo, sólo podría comprar una vivienda para uso residencial propio, nunca como inversión, y tras demostrar un año de residencia y trabajo en el país.
El contraste con España: ¿Frenar el exceso o gestionar la escasez? Mientras Li lidia con estos límites, en España los precios escalan hacia máximos históricos sin más barreras que la solvencia financiera del comprador. En Madrid o Barcelona el debate político se centra en contener los alquileres y ampliar la oferta pública; en las grandes urbes chinas, el dilema ha sido, durante décadas, cómo frenar el exceso.
Bajo el mantra oficial de Pekín —”Las viviendas son para vivir, no para especular”— late un modelo que convirtió la propiedad en la piedra angular de la prosperidad familiar y en una herramienta de control social. Hoy surge una paradoja llamativa: mientras los jóvenes españoles ven el mercado como un territorio inaccesible, la gran mayoría de sus homólogos chinos son propietarios en medio de una de las mayores crisis inmobiliarias de la historia del país.
Suelo estatal y presión social En China, el suelo es del Estado. Los gobiernos locales financian sus arcas vendiendo derechos de uso a promotores, un engranaje que permitió construir ciudades enteras a una velocidad vertiginosa. El resultado es una tasa de propiedad cercana al 90% en hogares urbanos, una cifra impensable en Europa.
Este modelo dependía de una subida infinita de precios. La burbuja estalló en 2021, cuando el Gobierno limitó el endeudamiento de gigantes como Evergrande, provocando un colapso de confianza y proyectos paralizados. Pese a todo, el 70% de los menores de 35 años en China ya es propietario, a menudo porque la vivienda figura a nombre de los padres pero está destinada al uso del hijo.
La “dote” moderna “Hay que entender el factor cultural”, explica un responsable de Lianjia, la mayor agencia inmobiliaria del país. “Llegar al matrimonio sin un piso en propiedad se percibe como una falta de estabilidad o responsabilidad del hombre”.
En la práctica, la vivienda funciona como una dote moderna. “Cuando una pareja se compromete, la pregunta inmediata es: ‘¿Y la casa?'”, añade el agente. Los padres y abuelos aportan los ahorros de toda una vida para el pago inicial, y el joven asume una hipoteca pesada solo para ser “elegible” ante la familia de la novia. Sin piso, a menudo, no hay boda.
Sin embargo, el viento está cambiando. El desempleo juvenil y la inestabilidad del sector están haciendo que muchos empiecen a dudar. Por primera vez en décadas, los jóvenes chinos se preguntan si vale la pena cargar con una deuda de 30 años en un mercado que, por fin, ha dejado de ser una apuesta segura.
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