NotMid 27/04/2026
Editorial NotMid
Lo hacen a plena luz del día, sin esconderse y, asombrosamente, sin pagar facturas. Quizás porque el chavismo, tal como lo conocimos, simplemente se rindió. Mientras los “trasnochados” del proceso intentan alzar la voz en rincones marginales, el silencio que reciben por respuesta es sepulcral. Es como si la vieja guardia hubiera quedado afónica ante el avance de los nuevos enterradores.
El régimen que cimentó su épica sobre el control absoluto de los medios de producción hoy le abre las puertas al capital privado de par en par. Hablan de privatizaciones sin que les tiemble el pulso; de hecho, parecen ejecutarlas con un indiscreto entusiasmo.
La ironía es circular y cruel. El petróleo, que bajo el mando de Hugo Chávez se convirtió en el tótem sagrado de la “soberanía nacional”, hoy es entregado con júbilo a las mismas transnacionales estadounidenses que el difunto expropió entre gritos de altanería. Un discurso de confrontación que, por cierto, el país sigue pagando con creces. Chávez murió y, en la práctica, parece que ya nadie queda para defender su legado; solo para liquidarlo al mejor postor.
La metamorfosis no se detiene en lo económico. Quienes vociferaron durante décadas contra el “imperialismo yanqui”, hoy actúan como facilitadores logísticos para que Washington capture a sus propios aliados: desde Alex Saab hasta figuras vinculadas a economías paralelas. El pragmatismo ha llegado al extremo de permitir que la CIA opere con el beneplácito de Miraflores, mientras el último F-16 operativo de la Fuerza Armada se pone a punto, no con ingeniería iraní, sino con repuestos originales de la “zona del dólar”.
La pregunta es: ¿Por qué nadie está cobrando estas contradicciones?
El punto central no es solo enumerar las traiciones al dogma, sino denunciar la pasividad de la acera opuesta. Nadie está aumentando el costo político de cada línea roja que el régimen cruza. Si las fuerzas democráticas exhibieran apenas una fracción de esta incoherencia, el aparato de propaganda oficial las estaría triturando sin clemencia. Sin embargo, en el campo opositor parecemos más ocupados en amplificar nuestras propias fisuras que en desnudar las del rival.
Es una tarea ciudadana vital y crítica poner reflectores sobre este desmantelamiento cínico. Hay que machacar la contradicción: recordar que hoy abrazan con alegría las políticas por las que ayer persiguieron y mataron. No se trata de un ataque gratuito, sino de un ejercicio de memoria profiláctica.
La reconstrucción de Venezuela y la eventual reconciliación nacional no pueden erigirse sobre el olvido o la simulación de los nuevos “capitalistas de Estado”. Deben levantarse sobre la verdad, exponiendo a quienes hoy entierran sus propias banderas para salvarse ellos mismos.

