NotMid 08/06/2026
EDITORIAL NotMid
Según informes de prensa, la Casa Blanca estaría considerando comprar las islas Chagos a Mauricio para asegurar el control permanente de la base militar de Diego García, en el océano Índico. La noticia podría parecer estrambótica y geográficamente remota; sin embargo, forma parte de un intenso reacomodo global del cual Venezuela no está exenta.
Cuando escuchamos las reiteradas referencias de Donald Trump a nuestro país como “el estado 51”, quizás no debamos reducirlo a un simple eslogan para su base electoral. Si bien la estadidad no es una posibilidad real ni seria, Venezuela atraviesa hoy un momento de profunda vulnerabilidad, producto del irrespeto continuo a la soberanía popular y del severo debilitamiento del Estado para ejercer control sobre su propio territorio.
El Estado venezolano fue privatizado para servir a una casta corrupta y cínica. En el proceso, vació las instituciones, pulverizó la economía, expulsó a millones de ciudadanos y entregó parcelas concretas de soberanía a actores externos que, hasta hace muy poco, operaban con total impunidad en el país.
Para algunos, plantear la remota posibilidad de que Venezuela deje de ser una nación independiente no es más que ciencia ficción o una pérdida de tiempo. Pero la historia demuestra que la realidad suele superar a la ficción.
Entre la soberanía plena —hoy extraviada— y la anexión formal a Estados Unidos, existe un amplio abanico de fórmulas intermedias que Washington conoce bien: territorios no incorporados como Guam o Samoa Americana, el estatus de Estado Libre Asociado como el de Puerto Rico, o los pactos de libre asociación y defensa exclusiva que vinculan a Palaos o las Islas Marshall con la potencia norteamericana.
Todas estas son figuras jurídicas vigentes que implican distintos grados de tutela externa sobre territorios y países que, formalmente, conservan su nombre y su bandera.
El chavismo no solo desmanteló la democracia venezolana; sometió a prueba la viabilidad misma de Venezuela como nación soberana, con consecuencias catastróficas: una diáspora de millones dispersa por el mundo, un Estado con capacidades mínimas para sostenerse y una soberanía cedida a pedazos a actores criminales.
Por eso, la noticia sobre ese archipiélago remoto llamado Chagos no debe despacharse como una excentricidad de la geopolítica. Al contrario, funciona como un espejo incómodo que nos obliga a formular una pregunta que jamás pensamos tener que hacernos: ¿podemos dar por sentada la viabilidad de Venezuela, a futuro, como una nación independiente?

