NotMid 16/07/2026
Editorial NotMid
Seis meses después de prometer sangre y un “Vietnam” contra los “gringos”, Diosdado Cabello se desibuja como la caricatura residual de un poder que alguna vez pareció monolítico.
Hoy, el otrora temido jerarca repta sigilosamente para complacer a la Casa Blanca, buscando desesperadamente un salvoconducto que lo libre de correr el mismo destino que Nicolás Maduro; una estrategia de supervivencia que emula el pragmatismo cínico de los hermanitos Rodríguez.
No deja de ser una deliciosa paradoja que aquellos que durante un cuarto de siglo satanizaron el supuesto “entreguismo” de la oposición democrática, terminen hoy vaciados de ideología, hipotecados hasta la médula y con sus ruidosas consignas nacionalistas arrojadas al fondo del Guaire —ese que Jacqueline Farías prometió sanear y que sigue tan turbio como las negociaciones de palacio—.
Aún sacudida por constantes sismos políticos, Venezuela observa expectante este teatro de sombras. El país ha comprobado, una vez más, que ninguna transición cosmética prosperará mientras no se complete la tarea de raíz: liberar a la nación de estos personajes nefastos, hoy colaboradores de conveniencia mutua, pero mañana… quién sabe.
Después de todo, la traición es un hábito que no conoce de lealtades.
El que traiciona una vez, traiciona siempre; una máxima que Maduro ya empieza a digerir y que Delcy, más temprano que tarde, tendrá que experimentar en carne propia. Preparen las cotufas.
Es de esperar que el proceso que inicia en agosto arribe a buen puerto y acelere la reconstrucción de la ruta democrática.
El cambio no solo es urgente, sino que debe abrir las puertas a un nuevo comienzo bajo el único y legítimo liderazgo que hoy reconoce el país: el de María Corina Machado.

