NotMid 17/07/2026
EDITORIAL NotMid
Los venezolanos hemos documentado, mediante actas irrefutables y testimonios de observadores internacionales, que el 28 de julio de 2024 la voluntad popular fue suplantada. Nicolás Maduro fue proclamado presidente de manera ilegal y fraudulenta, ignorando el triunfo indiscutible de Edmundo González Urrutia.
El Consejo Nacional Electoral (CNE), brazo ejecutor de este quebranto democrático, y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), su validador judicial, permanecen incólumes, operando bajo la misma lógica de impunidad que los caracteriza desde el poder.
Delcy Rodríguez, quien no solo fue cómplice necesaria del despojo electoral, ostenta hoy la presidencia encargada desde el pasado 3 de enero, consolidando así la usurpación y la ruptura del orden constitucional. Ante las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, la pregunta es inevitable: ¿va a negar la vicepresidenta que ella, junto a Maduro, Cilia Flores, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, ejecutaron una maquinaria de fraude continuado en Venezuela?
¿Tendrá el coraje de refutar la afirmación de Trump sobre la manipulación sistemática de procesos electorales previos? Si se mantiene el discurso oficial, ¿cómo sostendrá su credibilidad Jorge Rodríguez, el arquitecto tras las sombras del CNE, frente a este escrutinio global?
La coartada de los hermanos Rodríguez tiene los días contados. O contradicen abiertamente a la Casa Blanca, o se enfrentan a la evidencia de su propia arquitectura criminal. Tienen los micrófonos a su disposición, ciudadana interina: el país los escucha. En política, como en la justicia, el silencio es una confesión de parte.
La pelota está ahora en la cancha del Departamento de Estado, que lidera una hoja de ruta en tres fases hacia la transición democrática. Como bien sentenció Trump: “Ningún país puede ser grande sin elecciones justas y honestas”. Venezuela, finalmente, está exigiendo las suyas.

