NotMid 18/10/2026
Opinión NotMid
El rechazo del régimen a derogar la llamada Ley contra el odio deja al descubierto la verdadera naturaleza de la cúpula que detenta el poder: su absoluta negativa a desmantelar el aparato represivo y su empeño en seguir asfixiando a la sociedad civil.
La lógica del poder sigue siendo la misma. Así como se niegan a liberar a la totalidad de los presos políticos para no quedarse sin fichas de negociación, y del mismo modo que mantienen el bloqueo sobre los medios de comunicación independientes, hoy se aferran a un instrumento jurídico que legitimó la persecución, el ensañamiento y el terrorismo de Estado.
Cualquier intento de “reforma” superficial de este marco legal no es más que una maniobra para perpetuar la intimidación.
Las herramientas de control cambiarán de nombre, pero seguirán operadas por los mismos ejecutores del sometimiento.
¿Qué podría salir mal?
Si este escenario se desarrolla en el marco del plan de fases de la administración estadounidense, cabe preguntarse: ¿qué garantías reales existen de que la conformación del nuevo Tribunal Supremo de Justicia no sea una simple extensión del esquema despótico?
La dilación deliberada en el proceso de reinstitucionalización política y judicial no es un accidente; es un síntoma de resistencia al cambio.
Esta opacidad e incipiente reincidencia en vicios del pasado encienden las alarmas entre juristas y especialistas, y debería encenderlas con mayor urgencia en la delegación de la Asamblea Nacional de 2015 y en los monitores del Departamento de Estado.
Dos décadas de desmantelamiento democrático no se revierten de la noche a la mañana.
Sin embargo, frente a la oportunidad más firme en años para lograr un giro real, la condescendencia es un lujo inasumible.
Cada día que transcurre exige acciones firmes, no concesiones.
Al final, la represión a medias sigue siendo represión.

