NotMid 18/05/2026
Editorial NotMid
En sordina pero in crescendo, Delcy Rodríguez empieza a ser percibida bajo la sombra de la traición. La entrega de Alex Saab —el otrora héroe oficialista de la “resistencia” contra las sanciones— no hace más que abonar a esa sospecha.
Sin embargo, si algún ecosistema político ha hecho méritos para cosechar deslealtades, ese es el chavismo. Un proyecto que traicionó las promesas fundacionales de Venezuela entera no puede aspirar a la redención, sino a su desmantelamiento a manos de sus propios jerarcas. ¿Y quién mejor para ejecutar el desmontaje que el tándem de los hermanos Rodríguez? Ella, presidenta de facto; él, timonel de la Asamblea Nacional.
Traidor que traiciona a la mayor traición republicana de nuestra historia contemporánea bien podría merecer cien años de perdón. Quizás el movimiento más audaz de Delcy sería quitarse la careta y asumir abiertamente su pragmatismo: admitir que, por el bien del país, el chavismo debe ser traicionado. Solo así podría aspirar a un capital político propio. Pero el laberinto no es tan sencillo.
Rodríguez enfrenta dilemas de imposible resolución. Encabeza un régimen al que se ve obligada a desmontar si pretende sobrevivir políticamente en la escena internacional, pero cuya implosión la dejaría simultáneamente sin suelo donde pisar. Tampoco puede replegarse hacia la nostalgia del radicalismo “comecandelas” sin enajenar el apoyo del único actor que sostiene su frágil equilibrismo: la administración de Trump. Moverse al centro la expone a todos los fuegos; radicalizarse es ya una vía muerta, pues la confianza interna se ha resquebrajado de forma irreversible tras entregas como la de Saab.
Asistimos, sin duda, a la fase terminal de un sistema cuya ilegitimidad se agudiza por días. Lo que queda del chavismo ha entrado en la etapa de la autofagia: un sálvese quien pueda donde el liderazgo empezará a devorarse a sí mismo. Porque, ténganlo por seguro, la de Saab no será la última entrega.

