NotMid 16/05/2026
EDITORIAL NotMid
En el gigantesco decorado imperial de Pekín, Donald Trump y Xi Jinping volvieron a encontrarse como dos personajes salidos de novelas políticas incompatibles. El primero, alimentado por el caos, habla como si habitara un plató de televisión permanente; el segundo se mueve como si cada gesto hubiera sido revisado por un comité de historiadores de las antiguas dinastías. Mientras el estadounidense irrumpe como un vendedor audaz dispuesto a cerrar acuerdos ante las cámaras, el chino emerge como el sumo sacerdote de un régimen que abraza la contención como forma de poder.
El lenguaje corporal de ambos mandatarios al pasear por los jardines de Zhongnanhai —el recinto amurallado que alberga la cúpula del Partido Comunista— resumió el encuentro: Trump desbordaba elogios con su habitual expresividad expansiva, mientras Xi mantenía la compostura de quien jamás regala una emoción de más. El republicano buscaba constantemente el contacto físico, inclinándose hacia delante para generar esa química personal que utiliza como herramienta diplomática. El líder chino, maestro en la distancia calculada, evitó incluso el famoso “tirón de poder” con el que Trump acostumbra a atraer la mano de sus homólogos para marcar dominancia.
Durante la cumbre de dos días, Trump se mantuvo fiel a su estilo: respondió a los periodistas de su comitiva, concedió entrevistas y recurrió a su red Truth Social para presumir de haber cerrado “acuerdos comerciales fantásticos” y asegurar que su homólogo coincide en que Irán “nunca deberá tener armas nucleares”.
En las antípodas de esa espontaneidad, Xi —que lleva más de una década sin someterse a una rueda de prensa abierta— prefirió expresarse a través de los solemnes comunicados de los medios oficiales para lanzar la advertencia más dura de la cita. El mensaje giró en torno a Taiwán, el núcleo más sensible y explosivo de la relación bilateral. Xi avisó que un “mal manejo” de la cuestión taiwanesa podría desembocar en “enfrentamientos” directos, una formulación calibrada al milímetro para recordar a Washington que Pekín elevará la tensión si se cruzan sus líneas rojas.
Para el presidente chino, el peligro reside en cualquier gesto que implique un apoyo político o militar a la independencia formal de la isla, apuntando tanto a la venta de armas aprobada por Trump como al creciente respaldo estratégico de Washington a Taipéi. Para el Partido Comunista, Taiwán no es un desacuerdo diplomático, sino una cuestión existencial ligada a su soberanía y legitimidad histórica. Detrás de las sonrisas de cortesía, Pekín dejó claro lo fundamental: Taiwán es el único asunto por el que China considera imaginable una confrontación militar directa con Estados Unidos.
Pese a las advertencias, algunos funcionarios chinos sostienen que la visita buscaba redefinir los términos de la relación entre las dos superpotencias para tratarse de igual a igual; un reconocimiento de la coexistencia de dos titanes en un orden global multipolar que obsesiona a Xi desde que asumió el cargo en 2012. Por ello, durante su primer cara a cara, el líder chino citó la trampa de Tucídides —la teoría de que una potencia emergente y una dominante están destinadas al conflicto— para plantear si serían capaces de evitar ese destino histórico.
El tablero de Oriente Próximo también sobrevoló la cumbre. Durante una ceremonia del té en Zhongnanhai, Trump aseguró: “Hemos hablado sobre Irán. Tenemos una opinión muy similar. No queremos que tengan un arma nuclear y queremos que el estrecho se abra”. Aunque Pekín critica públicamente la postura beligerante de Washington hacia Teherán, la cúpula china teme una disrupción energética global si se bloquea el Estrecho de Ormuz, un corredor marítimo por el que transita casi la mitad del petróleo que compra China.
“Creo que es una cumbre histórica. Yo la llamo el G-2”, afirmó Trump en una entrevista con Fox News. El estadounidense necesitaba regresar a Washington con victorias concretas tras meses de tensiones, aunque de momento no se ha oficializado ningún acuerdo comercial de relevancia. Xi, por su parte, logró proyectar la imagen de una China abierta a los negocios, capaz de gestionar la rivalidad sin ceder un milímetro en sus líneas estratégicas.
Más allá de la política, la cumbre destacó por la colosal delegación empresarial que acompañó a Trump: desde Elon Musk (Tesla) hasta Stephen Schwarzman (Blackstone). Nunca antes un presidente estadounidense había desembarcado en Pekín con tal concentración de poder financiero, industrial y tecnológico. La imagen más simbólica del viaje se produjo cuando estos magnates fueron invitados a entrar brevemente en la sala de reuniones de ambos mandatarios. El gesto, insólito en el rígido protocolo chino, fue una señal directa de Pekín hacia las élites económicas de EE. UU. Trump lo resumió después con una frase reveladora: había llevado a los líderes empresariales de su país para “rendir homenaje a Xi y a China”.
Agencias

