Los violentos, amos de la calle, no huyen de la policía, sino que buscan enfrentarse con ella
NotMid 01/06/2026
OPINIÓN
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS
La pequeña parte de la Unión Europea que mira lo que pasa dentro ha visto espantada que, como el año pasado, cuando ganó el PSG, pero más, y el anterior, cuando ganó el Real Madrid, pero mucho más, París, Francia en general, está cercada, es una fortaleza sin fuerzas, tomada por asalto por los que no vacilan en proclamar su destrucción. Francia es el canario de la mina política europea, que muere si hay mucho gas y riesgo de explosión. Si alguien cree que lo de Francia es un «asunto interno» se equivoca. El país vecino, nuestro primer socio comercial y cultural, es el que empezó antes su autodestrucción como Estado de Derecho, en favor de una «sociedad inclusiva» en la que la soberanía -de quién es la calle, a quién pertenece un país- es negociable. Y sólo se negocia una rendición.
La víspera de que los franceses se refugiaran, otro año, en sus casas y vieran por televisión a su policía apaleada y a los almacenes sacar a la calle su mercancía para que los saqueadores, al menos, no incendiaran la tienda, Philippe de Villiers hizo una breve intervención, cuatro minutos, en CNews en la que hizo lo más difícil: un diagnóstico preciso de lo que pasa… y vuelve a pasar.
«Estamos ante un acto tribal de conquista de territorio», dijo, y tres signos lo marcan. El primero, que el saqueo no nace de los ilegales de los albergues, los aubergistes, que roban lo que necesitan o les gusta. Es un saqueo de castigo, una venganza post-colonial: «Fuisteis vosotros los que vinisteis a nuestra casa, ahora estamos en la vuestra y no nos vamos a ir».
El segundo signo es que los violentos, amos de la calle, no huyen de la policía, sino que buscan enfrentarse con ella, que, como no puede usar el «monopolio de la violencia» del Estado, debe retirarse. Hace años, una gran película, La haine (El odio), mostró esa guerra entre la niebla. Hoy resulta optimista.
El tercer signo, y definitivo, es la orden del ministro del Interior a los parisinos y demás franceses: «Restez chez vous», quedaos en casa. Y surge la pregunta: ¿quién está «chez soi», o sea, en su casa? Obviamente, los que detentan la nueva soberanía, entregada a las tribus como Roma entregó sus puertas a los bárbaros, hasta que, un día, se quedaron la casa que cuidaban.
Y Villiers, católico de la Vendée, desde su Puy du Fou, acusa a la clase dirigente: «Cambiasteis la asimilación por la integración, y tenemos desintegración; vuestra ‘sociedad inclusiva’ nos excluye; y el clima es de guerra civil». Que sólo la hace un bando. Los políticos, y no sólo franceses, correctísimamente paralizados, siguen encerrados en sus casas.

