NotMid 02/08/2026
DEPORTES
El 21 de julio de 2030 se disputará la final del próximo Mundial de fútbol. Queda lejísimos, pero antes, en 2027, se resolverá el escenario definitivo de ese partido. La decisión, en manos de la siempre controvertida FIFA, constituirá un nuevo capítulo en el que España y Marruecos volverán a escenificar la tensión latente en sus relaciones bilaterales. Salvando las distancias con la crisis migratoria, los papeles que ambos países representan en este tablero deportivo difieren poco de los mantenidos en los últimos tiempos.
Los orígenes del torneo y el giro de Rabat
La gestación del Mundial 2030 nació en 2018 bajo el impulso de Luis Rubiales. Por entonces, sus relaciones con Pedro Sánchez eran fluidas —Rubiales presumía de carnet socialista— y ambos recibieron en el Palacio de la Moncloa a Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Portugal se sumó desde el principio, pero no así Marruecos; fue el propio Sánchez quien, durante una visita a Rabat en noviembre de ese año, invitó públicamente al reino alauita a incorporarse (para sorpresa de una Portugal que no había sido informada).
Mucho tiempo después, el 4 de junio de 2021, España y Portugal formalizaron su candidatura en un acto solemne presidido por el rey Felipe VI, el mandatario portugués Marcelo Rebelo de Sousa y los jefes de gobierno de ambos países. No sería hasta marzo de 2023 cuando Marruecos se integró de pleno derecho en el proyecto, sustituyendo la efímera e improvisada intención de sumar a Ucrania como gesto de solidaridad tras la invasión rusa.
20 de septiembre de 2023: el punto de inflexión
Esa incorporación tardía debió haber dejado clara la condición de invitado de Marruecos. Su llegada se produjo en la antesala de dos hechos capitales: la inhabilitación de Rubiales por parte de la FIFA en agosto de 2023 y una reunión clave entre Sánchez e Infantino en Nueva York, celebrada el 20 de septiembre, apenas quince días antes de que el máximo organismo mundial concediera por sorpresa el Mundial 2030 a la candidatura ibero-marroquí.
Sin embargo, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) se adentró en una prolongada crisis de desgobierno de más de dos años. Con la interlocución española debilitada, Marruecos comenzó a ganar terreno en su relación directa con Infantino. Su objetivo no era entorpecer el día a día del torneo, sino concentrar todos sus esfuerzos en un trofeo geopolítico y simbólico: albergar la final.
El pulso por el estadio: Madrid frente a Casablanca

Existía un pacto tácito entre Gianni Infantino y Florentino Pérez para que el partido decisivo se disputara en el estadio Santiago Bernabéu, el coliseo de la capital del país impulsor original. No obstante, Marruecos desplegó una diplomacia de altos vuelos con un megaproyecto monumental: el Gran Estadio Hassan II en Casablanca, concebido para ser el mayor recinto futbolístico del planeta con una capacidad de 115.000 espectadores, cuya finalización está prevista para finales de 2027.
En esta disputa se concentrará la atención de los próximos meses. Fiel a su estilo en otros frentes de mayor calado político, mientras el país de Mohamed VI opta por la discreción pública y la maniobra en bambalinas, el Gobierno español y la RFEF optan por la diplomacia de perfil bajo y declaraciones contenidas, conscientes de que un enfrentamiento directo de pronóstico incierto no beneficia a sus intereses.
Florentino como gran baza y el factor FIFA
Aunque nadie lo admitirá abiertamente en los despachos, la mayor garantía para que la final permanezca en España reside en la continuidad de Florentino Pérez al frente del Real Madrid.
Nada de este pulso se entendería sin el papel exclusivo de la FIFA y sus normativas flexibles, un organismo actualmente inmerso en complejas maniobras comerciales para rentabilizar el torneo ante inversores privados. Un primer indicio sobre el desenlace de esta pugna podría vislumbrarse el 18 de marzo de 2027, fecha fijada para el 77º Congreso de la FIFA, un cónclave de sus 211 federaciones que se celebrará, de forma significativa, en Rabat.
Agencias

