La cumbre de las izquierdas eludió el auténtico termómetro de la democracia latinoamericana: Venezuela; todos han sido cómplices del chavismo. El huracán en Sol demostró que Machado es la única figura del país con legitimidad popular
NotMid 19/04/2026
OPINIÓN
JOAQUÍN MANSO
En la portada de EL MUNDO del martes, bajo la noticia del probable juicio contra su esposa, Pedro Sánchez aparecía junto a ella mientras observaba fascinado un smartphone último modelo en el campus de Xiaomi. Nuestro Lucas de la Cal describe hoy la diplomacia Labubu: «Durante décadas, la influencia cultural global estuvo monopolizada por Hollywood y, en Asia, por el K-pop o el anime japonés; Pekín se presenta ahora como superpotencia capaz de crear tendencias globales».
En su cuarta visita a Xi, el presidente no se limitó a hablar como el primer ministro de una democracia europea que defiende en China sus intereses comerciales. Sánchez pronunció un discurso decisivo en la Universidad de Tsinghua, el mayor vivero de la élite china, como el intérprete complaciente de un nuevo orden mundial en el que la democracia liberal, el autoritarismo tecnocrático o el capitalismo de partido conviven en un plano moral equivalente.
«Occidente debe renunciar a parte de su representación en aras de la estabilidad global y la confianza del Sur Global», dijo, tras asumir la inevitable «multipolaridad» como una «noticia maravillosa». El presidente adoptó el lenguaje que más le conviene a la dictadura desde su corazón simbólico. No viajó sólo a negociar con China, sino a comprenderla en público. Xi lo recompensó situándolo en «el lado correcto de la Historia».
De Pekín a la Internacional de las izquierdas en Barcelona, el personaje global es el mismo. Un presidente que intenta plebiscitar la política española en clave exterior y algo mucho más ambicioso: presentarse como el líder emergente que moviliza a las fuerzas progresistas en nombre de un Sur Global sentimentalmente alineado contra Donald Trump, retratado en Irán como factor de desorden e incertidumbre.
«La cumbre de Barcelona supone el final de la transición de Sánchez, que ha invadido buena parte del espacio ideológico de Pablo Iglesias en el continente», escribía Dani Lozano el viernes. El presidente se aleja de la exhausta socialdemocracia europea y comparece junto a Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum al frente de una constelación híbrida, latinoamericanizada y personalista. Siempre con José Luis Rodríguez Zapatero como omnipresente catalizador ideológico y estratégico.
Y, sin embargo, ese dispositivo escénico tropieza con la verdad incómoda expuesta ayer con toda rotundidad visual en el huracán emocional de la diáspora venezolana que desbordó la Puerta del Sol de Madrid. Tiene nombre propio: María Corina Machado. Las invectivas y fake news de Petro y Lula para descalificarla constatan la contradicción central de la llamada Reunión en Defensa de la Democracia: que mire para otro lado ante el auténtico termómetro moral de la democracia en Latinoamérica, que es Venezuela. Todos los protagonistas del cónclave de Barcelona tienen en común haber contemporizado con la tiranía chavista en nombre de afinidades, equilibrios o complicidades inconfesables.
Todos han sido cómplices al menos por omisión de la usurpación del poder que ejecutó con mano de hierro Nicolás Maduro tras perder las elecciones. Y ahora todos lo son de la operación de reciclaje del régimen que pretende sostener a Delcy Rodríguez, paradójico títere del trumpismo. Tiene razón María Corina: «La Cumbre de Barcelona demuestra por qué no es conveniente reunirme con Sánchez».
El presidente ya se la jugó hace seis años a Juan Guaidó tras el sainete secreto con Delcy en Barajas, permitió la extorsión en su legación diplomática a Edmundo González, es el promotor más activo de la rehabilitación internacional de la sucesora de Maduro a pesar de los presos políticos y aplicó el ninguneo más doloroso tras el anuncio del Premio Nobel.
No hay nada más cínico que llenarse la boca de democracia y derechos humanos pero luego darles la espalda allí donde España está verdaderamente apelada por los vínculos históricos: «Hay quienes quieren que Venezuela sea democrática y libre y quienes quieren mantener el actual statu quo». María Corina no contraprograma a Sánchez: lo desenmascara. Reunirse con él le habría concedido una absolución que ella no quiere regalarle.
La explosión de júbilo de decenas de miles de venezolanos -«¡libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!»- en el momento en el que María Corina se asomó al balcón de la Real Casa de Correos le recuerda al mundo que ella sigue siendo la única figura del país con legitimidad popular y capacidad real de movilización: la prueba de que su liderazgo conserva conexión emocional, organización y mandato social. Que no representa únicamente una oposición moral, sino la opción más viable de gobierno, reconstrucción y reconciliación nacional.
Y que si Trump pretende ordenar Venezuela sólo desde el business con una transición que no pase por ella, corre el riesgo de obtener un arreglo eficaz a corto plazo pero no el orden duradero y estable que atrae inversión y prosperidad. No será sencillo detener la esperanza del cambio. Ayer, en el kilómetro cero de España, comenzó la cuenta atrás para la vuelta de María Corina a Caracas. Para el regreso de la libertad: “Venezuela está decidida a hacer valer su voluntad: ¡para allá vamos!”. Los líderes de Barcelona saben lo que eso significa.
