NotMid 01/07/2026
IberoAmérica
“Si no hubiera sido por esa réplica, lo habríamos logrado”, susurra un bombero italiano tras veinte horas de un esfuerzo sobrehumano. Los rostros de los rescatistas en Macuto, estado de La Guaira, reflejan una mezcla de desolación y rabia. A las siete de la mañana, cuando la esperanza aún latía, un seísmo de magnitud 4,6 hizo ceder el edificio seis milímetros más, transformando el lugar en una trampa mortal.
Giuseppe Pica, del equipo USAR de Turín, escapó por poco de los escombros con la chaqueta rasgada. Aun así, bajo el impacto del miedo, su primera reacción fue reafirmar su compromiso: “Estoy listo para volver”. Sin embargo, la ingeniera Chiara Iacovino, líder del equipo, fue contundente: “La estructura estaba totalmente comprometida. Tras la réplica, la inestabilidad era absoluta y, lamentablemente, habíamos dejado de recibir señales de vida desde el fondo”.
La retirada fue una decisión agónica. Trabajaron en turnos extenuantes dentro de una estructura colapsada en forma de pancake (sándwich), donde cada movimiento de escombros provocaba nuevos derrumbes. “Ha sido la misión más difícil de mi vida”, admite Silvio Fiduccia, desplazado desde el Valle de Susa. “Nunca había enfrentado tres pisos aplastados con tal nivel de fragilidad”.
A pocos metros, la madre de la mujer atrapada esperaba en una silla de plástico, aferrada a la fe: “Mi hija es una guerrera”. El equipo, integrado por especialistas de Italia, Ecuador y los Países Bajos, no solo luchó contra los escombros, sino contra el tiempo y la desolación de ver juguetes infantiles sepultados bajo toneladas de hormigón. Aunque el silencio final dictó el cierre de la operación, el recuerdo de la mujer y sus hijos, con quienes llegaron a comunicarse a través de tuberías, quedará grabado en la memoria de quienes lo dieron todo, incluso cuando la montaña de escombros les exigió rendirse.
Agencias

