NotMid 10/08/2026
MUNDO
¿Tiene Irán la partida ganada en el estrecho de Ormuz?
El estrecho de Ormuz debe su nombre, según algunas versiones, a una deidad zoroastriana destinada a salir victoriosa tras un enfrentamiento de 9.000 años con un adversario. Hoy, el liderazgo iraní siente que su propia victoria está al alcance de la mano y que, a diferencia de aquella batalla mitológica, no necesitará la misma paciencia épica.
Teherán apuesta a que la presión militar terminará obligando a Estados Unidos a aceptar su control sobre esta vía marítima crucial para la energía mundial. La lectura del régimen es clara: el tiempo juega a su favor.
Los dirigentes iraníes saben que las reservas estadounidenses de armas clave, como los avanzados interceptores de misiles, están disminuyendo. Son conscientes de que la guerra es profundamente impopular entre los ciudadanos estadounidenses y de que, mientras el estrecho permanezca cerrado, los precios de la gasolina y de otros productos básicos seguirán disparados a las puertas de las elecciones legislativas de noviembre en EE. UU.
Asimismo, calculan que intentar reabrir el paso por la fuerza sería extremadamente costoso y podría exigir el despliegue de tropas terrestres. A esto se suma la baza de sus aliados hutíes en Yemen, capaces de ampliar el conflicto y colapsar otra ruta comercial estratégica. Bajo esta lógica, el presidente Donald Trump no tendría más salida que capitular.
Los grandes riesgos de la apuesta iraní
Sin embargo, la estrategia de Teherán entraña peligros colosales.
Trump pone sobre la mesa los devastadores ataques que han diezmado a la cúpula militar iraní, a su Armada y a su Fuerza Aérea. La Casa Blanca alterna las amenazas de una nueva escalada con declaraciones conciliadoras sobre supuestos avances diplomáticos, mientras la economía de la República Islámica sufre los estragos del bloqueo estadounidense.
A los altos mandos iraníes les basta con recordar la promesa inicial de Trump —quien auguraba una «excursión a corto plazo» en Oriente Medio— para asumir que las guerras rara vez siguen el guion previsto. Además, la población protagonizó protestas masivas hace apenas unos meses impulsadas por una inflación alimentaria de tres dígitos, un descontento que podría volver a estallar en las calles.
Cabe recordar que, en diciembre, una crisis monetaria desencadenó algunas de las mayores protestas en los 47 años de historia de la República Islámica, reprimidas con dureza por el régimen, con un saldo de miles de muertos y decenas de miles de detenidos.
Las exigencias de Teherán y el tablero internacional
Irán asegura estar cerca de alcanzar un acuerdo con Omán para gestionar conjuntamente el estrecho. Sin embargo, Teherán dejó claro que la vía marítima no se abrirá hasta que Estados Unidos «corrija su comportamiento».
Las condiciones planteadas por Irán son drásticas:
- Poner fin de forma permanente a la guerra.
- Levantar el bloqueo naval a los puertos iraníes y retirar las fuerzas militares de la zona.
- «Compensar completamente» a Irán por los daños causados durante el conflicto.
- Levantar las sanciones y liberar de forma «incondicional» los activos congelados.
Hasta el momento, la Casa Blanca no ha emitido comentarios al respecto.
Un pacto con Omán formalizaría el dominio de Teherán sobre un corredor por el que, antes de la guerra, transitaba una quinta parte del petróleo y gas mundiales. Para Abdolreza Davari, analista y exasesor del expresidente Mahmoud Ahmadinejad, este control efectivo otorga a Irán una enorme capacidad de disuasión: «Más que los ingresos del estrecho, Irán quiere confirmar su gestión y su soberanía sobre él», señaló en una conversación telefónica desde Teherán.
Un reconocimiento formal de este control supondría una victoria sin paliativos para Irán y una derrota para Washington. Al mismo tiempo, representaría un golpe devastador para las normas internacionales sobre la libertad de navegación, sentando un precedente inquietante en el que los Estados pueden cerrar a voluntad puntos vitales para el comercio global. China, principal comprador de crudo iraní, ya exigió en mayo el restablecimiento del tránsito normal y seguro por la zona.
La línea roja inquebrantable
Por utilizar una expresión habitual en la propia doctrina geopolítica de Trump, Irán cree tener todas las cartas en la mano.
«Ellos empezaron la guerra, pero su final nunca estuvo en sus manos. Nosotros siempre decidimos por nosotros mismos cuándo termina», escribió en redes sociales Mahdi Mohammadi, asesor del principal negociador iraní. «Irán busca la derrota del enemigo, no un acuerdo».
Mohammadi justificó que el ataque sorpresa contra Jordania en julio «compensó» la caída previa de los precios del petróleo y dinamitó un acuerdo provisional en junio, el cual contemplaba concesiones comerciales clave para Teherán. El mando militar conjunto ha definido el cierre del estrecho como una «línea roja inquebrantable».
«Para Irán, el estrecho de Ormuz se ha convertido en una herramienta estratégica de disuasión, para mantener el equilibrio regional de poder y para redefinir las reglas de seguridad en el golfo Pérsico», explica Mostafa Najafi, analista de seguridad en Teherán.
Esta intransigencia no solo bloquea el fin de las hostilidades, sino que sepulta cualquier intento de resolver la disputa en torno al programa nuclear. Según el analista Rahman Ghahremanpour, «la cuestión nuclear ha quedado relegada, y en realidad eso beneficia a Irán», ya que el control del estrecho se ha transformado en su principal baza de negociación futura.
Voces de cautela y un futuro incierto
Pese a la euforia oficial, sectores moderados —incluso próximos al presidente Masoud Pezeshkian— temen que el país esté estirando demasiado la cuerda. Mohammad Javad Zarif, artífice del acuerdo nuclear de 2015, advirtió recientemente que, si no se pacta una salida a corto plazo, la recuperación económica será inviable y no se puede descartar una nueva agitación interna o una agresión estadounidense tras las elecciones de noviembre.
El conflicto ya ha estado plagado de giros inesperados. La primera oleada de bombardeos del 28 de febrero acabó con la vida del líder supremo y altos cargos, generando expectativas de una victoria relámpago en Washington que jamás se materializó. Al contrario, la contienda sirvió para cohesionar temporalmente al régimen. Como apunta Ghahremanpour, Teherán utiliza el estrecho «para demostrar que no ha sido derrotado y aumentar su legitimidad a nivel nacional».
No obstante, la resistencia de la sociedad civil tiene límites claros. Si bien analistas como Davari sostienen que la República Islámica aún tiene margen para soportar la presión, el fantasma de un colapso económico total sigue acechando, recordando que, en esta guerra, ningún bando tiene garantizado el pulso final.
Agencias

