NotMid 13/08/2026
IberoAmérica
Nada más conocerse que el oeste de Colombia había sido sacudido el lunes por un terremoto de magnitud 7,4, Venezuela ofreció el envío de rescatistas para colaborar en las tareas de emergencia y ayuda humanitaria. El gesto tuvo una profunda relevancia geopolítica. No solo por las delicadas relaciones bilaterales entre Caracas y Bogotá, sino, sobre todo, porque llegaba apenas mes y medio después del doblete sísmico que golpeó al país petrolero —con especial impacto en el estado de La Guaira—, dejando miles de muertos y una estela de daños que aún se continúan evaluando.
Las estimaciones de Naciones Unidas apuntan a que unas 650.000 personas requerirán asistencia humanitaria. Si bien la respuesta inicial de organizaciones nacionales e internacionales fue valorada positivamente por la sociedad civil y los especialistas, hoy advierten que el panorama exige un giro urgente: Venezuela necesita transitar de la ayuda asistencialista a una fase orientada a reconstruir el entramado urbano, recuperar los medios de vida y restablecer la cotidianidad de las comunidades.
Del socorro urgente a la recuperación estratégica
Susana Raffalli, asesora de respuesta humanitaria en Cáritas Venezuela, insiste en la necesidad de superar un modelo que califica de “asistencialista y caótico”, sustituyéndolo por una recuperación coordinada por entidades con trayectoria y capacidad operativa.
“La solidaridad desplegada por los propios venezolanos y por entidades dentro y fuera del país tiene un valor enorme en las primeras horas y días, pero ese enfoque de socorro ha de evolucionar hacia fases de medio y largo plazo… De lo contrario, el asistencialismo sin un fin puede saturar a quienes reciben ayuda y mantenerlos en dependencia”, explica Raffalli.
La especialista subraya que la coordinación demanda tiempo y no siempre resulta visible, al tiempo que advierte sobre el impacto contraproducente de las donaciones desorganizadas, causantes habituales de cuellos de botella logísticos y pérdidas de insumos. Como alternativa eficiente, recomienda el uso de transferencias monetarias y tarjetas electrónicas: un mecanismo que dignifica a las familias, fortalece su autonomía para cubrir necesidades básicas y dinamiza la economía local, al tiempo que reduce drásticamente los costes logísticos y los riesgos en ruta.
Asimismo, insta a los donantes internacionales a canalizar sus recursos a través de organizaciones locales con mecanismos rigurosos de rendición de cuentas, exigiendo siempre trazabilidad sobre el destino de los fondos y el impacto real en las familias beneficiarias.
Mantener el foco cuando los focos se apagan
En la misma línea, Lia Poggio, jefa de misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Venezuela —presente en el país desde 1952—, destaca que la gestión actual avanza hacia una etapa de “recuperación temprana”, indispensable para estabilizar el terreno antes de la reconstrucción.
“Se está regresando un poco a la normalidad, pero es una normalidad todavía dominada por situaciones muy críticas. […] Es fundamental fortalecer la resiliencia de las comunidades, porque detrás de cada cifra hay personas y familias que perdieron sus hogares, sus medios de vida y también la estabilidad”, asegura Poggio.
Desde la OIM recuerdan un patrón recurrente: la atención mediática y la solidaridad pública suelen evaporarse transcurrido el primer mes del desastre. Evitar que las necesidades humanitarias se profundicen exige sostener el apoyo internacional y reforzar la coordinación institucional, un imperativo absoluto en un país que ya lidiaba con una crisis estructural antes de los sismos.
¿Reconstruir o replantificar? El reto urbano de La Guaira
Para Zulma Bolívar, urbanista y directora del Instituto de Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela (UCV), el término “reconstruir” es erróneo, ya que implicaría regresar a un estado previo caracterizado por la vulnerabilidad y la inobservancia de normativas técnicas. Su propuesta pasa por una recuperación fundamentada en un análisis riguroso sobre dónde y cómo se debe levantar la infraestructura.
“Hay un plan de ordenación urbana aprobado en 2009 que dictó una serie de recomendaciones de donde no se debía construir por razones, justamente, de riesgo geológico, riesgo sísmico o riesgo hidrológico. Esas recomendaciones no fueron asumidas por las autoridades competentes”, señala Bolívar.
La experta recuerda que La Guaira presenta un frágil equilibrio geográfico entre montaña y mar, expuesto de forma permanente a amenazas naturales. Por ello, considera indispensable ejecutar un estudio de microzonificación sísmica que determine la viabilidad real de los desarrollos urbanísticos, planificando hoy con una visión de sostenibilidad a largo plazo.
AGENCIAS

