NotMid 27/08/2026
IberoAmérica
El cielo sobre Puerto Rico vuelve a rasgarse por los cazas supersónicos. La cotidianidad se interrumpe con el avance de vehículos tácticos en medio de las crecientes tensiones entre Estados Unidos y Cuba, avivadas por las advertencias de Donald Trump de no descartar una intervención militar. Una presión que sobrevuela la región desde que, el pasado 3 de enero, Washington capturara al dictador Nicolás Maduro.
“Prenden los aviones casi todos los días, incluso por la noche. Parece que es para tenerlos listos para combate y se paraliza todo cuando están en esas prácticas”, relata Manuel Martínez, vecino del municipio de Ceiba, en el este de Puerto Rico. Allí se encuentra la antigua Base Naval Roosevelt Roads, sin uso desde 2004 y marcada por años de abandono. Sin embargo, desde noviembre de 2025 fue reactivada con una inversión proyectada de 79 millones de dólares para efectuar maniobras militares, transformando varias de sus zonas. Todo ello bajo el estandarte de la operación Lanza del Sur, reforzada por la Fuerza de Combate Litoral-24, una unidad táctica en el Caribe con más de 1.300 infantes de Marina. La llegada de estas fuerzas consolida una realidad: los puertorriqueños vuelven a vivir bajo un despliegue bélico dictado desde el exterior e impulsado por la doctrina Monroe, que justifica la intervención de EE. UU. en el hemisferio sur.
Este despliegue no es temporal. La gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González Colón, confirmó la realización de ejercicios militares en la isla que involucran a más de 8.100 soldados entre mayo y agosto de este año. Según declaró a la cadena Telemundo, se trata de maniobras de carácter logístico que no contemplan el uso de armamento ni el establecimiento de sedes en Vieques o Culebra, dos municipios marcados por las cicatrices de guerras pasadas.
Sin embargo, la tensión regional escaló después de que el régimen de La Habana reforzara la seguridad de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel por temor a una operación estadounidense, de acuerdo con The New York Times. Como resultado, la actividad militar ha sido constante: el pasado 17 de junio, marines del 24º Batallón Expedicionario realizaron ensayos nocturnos en Roosevelt Roads, apenas días después de que el secretario de Guerra, Pete Hegseth, viajara a la Bahía de Guantánamo para reunirse con tropas del Comando Central, según indicó EFE.
El fantasma de Vieques y la sombra de la contaminación
Mientras esto ocurre, el recuerdo de lo que fue la base de Ceiba resuena en los oídos de quienes atestiguaron su reactivación en 2025 con la llegada del Comando Sur. Días antes de la captura de Maduro, escuadrones de cazas F-22 despegaron de la isla y el buque USS Iwo Jima atracó en las costas de Ponce.
Para activistas como Sonia Santiago, portavoz de la organización Madres contra la Guerra, la presencia militar es alarmante: “Puerto Rico jamás le ha declarado la guerra a ningún país. Sin embargo, más de 200.000 puertorriqueños han guerreado para EE. UU.”. Esto deriva de su estatus como Estado Libre Asociado y territorio no incorporado.
La operación Lanza del Sur reabre, además, la profunda herida de Vieques. “Quedamos en un estado catatónico porque te pasa la película otra vez por la mente”, relata Hilda Bonilla, miembro de Vieques al Rescate. Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, la Marina estadounidense expropió comunidades en Vieques para ensayos armamentísticos. Aunque las tropas se retiraron en 2003, la restauración ambiental se aplazó: la incidencia de cáncer en la isla supera entre un 25% y un 40% al resto del archipiélago, según EFE.
A la inquietud social se suma la crisis ambiental. Lorena M. Estrada, del equipo científico de Salud para Vieques, lideraba un estudio sobre la toxicidad del suelo financiado por la Agencia de Protección EPA, el cual fue frenado por la actual Administración de Trump: “Este proyecto lo cancelaron cuando ya habíamos usado el 90% de los fondos”. A esto se suma que las Fuerzas Armadas limpian terrenos mediante detonaciones abiertas —agrupando bombas y detonándolas simultáneamente—, una práctica peligrosa que dispersa toxinas en la atmósfera, denuncia Bonilla.
Una historia que se repite
La remilitarización de Puerto Rico no ocurrió de la noche a la mañana. Los primeros indicios se registraron en agosto de 2025, cuando la gobernadora reconoció un incremento de aeronaves militares, aunque descartó gestiones oficiales para reactivar las bases. Poco después, su Gobierno firmó un acuerdo con la Marina para el uso logístico de Roosevelt Roads (Ceiba), Ramey (Aguadilla) y la Base Aérea Muñiz (Carolina).
Ya en septiembre de 2025, vehículos blindados desembarcaron en la playa El Faro, en el municipio sureño de Arroyo, según el Centro de Periodismo Investigativo. “La comunidad se enteró por los helicópteros y los movimientos en alta mar”, expresó el alcalde de Arroyo, Eric Bachier.
A pesar de que el Gobierno insiste en los beneficios económicos —un informe oficial para 2026 proyecta una inversión de 720 millones de euros, un impacto económico de 1.762 millones y la creación de más de 12.000 empleos—, los residentes se muestran escépticos. “Dijeron que la Marina traería bonanza económica. No es cierto”, zanja Manuel Martínez, apuntando a los 1.400 edificios que siguen abandonados en Roads desde 2004.
Hoy, mientras los cazas patrullan los cielos caribeños y las bases absorben fondos millonarios, los puertorriqueños comprueban, una vez más, que la historia en su tierra insular se escribe al ritmo de los intereses estratégicos de Washington.
Agencias

