NotMid 03/09/2026
MUNDO
Leipzig conoce bien la larga mano de Moscú desde que en 1945 quedó integrada en la zona soviética y, posteriormente, en la RDA; hasta su universidad fue rebautizada en 1953 con el nombre de Karl Marx. Pero Leipzig también abrió una de las primeras grietas decisivas en aquel sistema: en octubre de 1989, unas 70.000 personas recorrieron pacíficamente el centro al grito de “Wir sind das Volk” (“Nosotros somos el pueblo”). Las fuerzas de seguridad no dispararon, el Kremlin de Gorbachov ya no estaba dispuesto a salvar con tanques a sus aliados y, un mes después, cayó el Muro de Berlín. Poco después, un joven Vladimir Putin observaba impotente el revuelo desde la verja de la sede del KGB en Dresde, a unos 120 kilómetros de Leipzig, que pasaba así de escaparate del poder soviético a escenario de su descomposición.
Ahora, Moscú pretende inocular el reflejo de ese desmoronamiento en sentido contrario. El reciente intento de sabotaje contra un avión ucraniano demuestra cómo Rusia ha reconstruido sus redes en Europa a base de agentes baratos: los hombres con gabardina de las películas del siglo XX han cedido el testigo a desempleados e inmigrantes embaucados a través de Telegram.
Alemania acusa formalmente a Rusia del intento de atentado del pasado 4 de agosto en Leipzig/Halle. Empleados del aeropuerto encontraron cerca de varios aparatos de carga ucranianos Antonov un dron equipado con 600 gramos de explosivo y un detonador que acabó fallando. El objetivo probable era un An-124 utilizado para transportar material militar, puesto que Rusia ha identificado a Alemania como la retaguardia profunda de Ucrania.
Del espionaje clásico al sabotaje permanente
Putin ha recuperado una herramienta que el KGB tardío había aparcado. Durante los años setenta y ochenta, la inteligencia soviética en Occidente se centró en espiar, infiltrar, financiar grupos afines y desinformar. Mientras en países como Alemania o Francia se agita a los electorados con debates sobre la búsqueda de la paz o la necesidad de prepararse para un conflicto, la Rusia actual no separa con claridad la paz de la guerra en Europa. Sus servicios operan bajo el paraguas de la disuasión nuclear y por debajo del umbral que provocaría una respuesta directa de la OTAN.
El sabotaje persigue un triple objetivo: encarecer la ayuda a Ucrania, sembrar la inseguridad y obligar a proteger miles de objetivos vulnerables. Cuando una acción fracasa, el proyecto no se abandona; simplemente se sube la apuesta.
Los expertos en espionaje ruso Andrei Soldatov e Irina Borogan describen en un informe del CEPA la “estalinización” de los servicios de inteligencia del Kremlin. “Para Stalin, la guerra no era una excepción, sino la condición natural del régimen”, escriben. En el contexto de confrontación total que Moscú cree librar con Occidente, sus agencias parecen haber regresado a métodos estalinistas donde el espionaje, la subversión, el sabotaje y los asesinatos forman parte de un mismo repertorio. El GRU opera como su brazo más agresivo —con el Servicio de Actividades Especiales del general Andrei Averyanov y la unidad 29155, vinculada al envenenamiento de Serguéi Skripal y a la explosión del depósito checo de Vrbetice—, mientras que el Quinto Servicio del FSB mantiene sus propias redes de sabotaje exterior, compitiendo ambas estructuras por el favor de Putin a pesar del solapamiento de sus tareas.
La nueva infantería invisible
Las expulsiones masivas de diplomáticos rusos posteriores a 2022 dañaron severamente las redes tradicionales de inteligencia. La respuesta de Moscú ha consistido en operar a distancia mediante intermediarios, delincuentes comunes y reclutas sin historial militar. El “agente desechable” recibe encargos a través de Telegram —fotografiar una vía férrea, instalar una cámara, incendiar un almacén o colocar un dron— a cambio de sumas modestas, a veces abonadas en criptomonedas, sin llegar a saber quién está detrás de la orden. Si es capturado, su controlador simplemente abre otra cuenta.
El reclutamiento ya no se basa en la ideología, sino en la vulnerabilidad: el candidato ideal puede ser un joven endeudado, un delincuente menor, un inmigrante, un refugiado ucraniano o alguien que busca dinero rápido. Herramientas como Telegram, Instagram, Viber o incluso comunidades de videojuegos sirven para camuflar las ofertas de trabajo, haciendo que algunos reclutas crean estar prestando servicios para una empresa privada o una simple banda criminal.
Incluso el fracaso resulta útil: revela accesos y tiempos de respuesta, consume recursos policiales y amplifica la vulnerabilidad. Reclutar ucranianos ofrece un doble rendimiento: permite dañar una infraestructura y, si son detenidos, alimentar la hostilidad contra los refugiados y erosionar el apoyo a Kiev. El sabotaje organizado es hoy barato, fragmentado, escalable y negable.
El mapa de precedentes salpica Europa: se detectaron paquetes incendiarios en Leipzig, Birmingham y Polonia; hubo un Ikea quemado en Vilna y operaciones en Estonia y Francia. Moscú no necesita paralizar el continente, le basta con demostrar que puede tocarlo en cualquier punto. En Alemania y en las “tierras de sangre” masacradas por Hitler y Stalin sobre las que escribió el historiador Timothy Snyder, Rusia regresa ahora sin tanques ni bandera. El salto respecto a la Guerra Fría está ya a la vista de todos.
Agencias

