NotMid 27/06/2026
IberoAmérica
A GUAIRA / CARACAS.– “La buscamos en el departamento destruido, pero no estaba. Como pudimos, bajamos por las escaleras y encontramos unos pies. Cavamos y cavamos, y nos dimos cuenta de que era la mamá de mi amigo. Estaba atrapada, con el brazo totalmente aprisionado. Los rescatistas salvadoreños estaban allí; sufrimos muchísimo, durante horas. Se nos cayó el techo encima, pero llevábamos cascos, menos mal. Eso fue horrible, pero al fin pudimos sacar el cadáver”, relata Juan Carlos R. a EL MUNDO. Su historia es una de las miles de tragedias humanas que componen la descomunal catástrofe de La Guaira, el estado costero colindante con Caracas.
Una vez con el cuerpo de la mujer en brazos, comenzaba otra gran odisea. “Hermano, a mí me tenían que matar para que no sacara a esta señora de allá abajo; yo no iba a dejarla sola en La Guaira”, añade el protagonista, movido por el compromiso con su amigo, quien en ese momento cruzaba desesperado la frontera desde su exilio en Colombia para recibir el cuerpo en la capital.
En las calles de Catia La Mar o Caraballeda, junto a los edificios colapsados y en los alrededores de los hospitales, los cadáveres permanecen alineados con desorden, tapados apenas por sábanas o cartones. Los dos terremotos consecutivos del día de San Juan les arrebataron la vida en lo que ya constituye una de las mayores catástrofes naturales de este siglo. Hasta el momento, el Gobierno de Delcy Rodríguez solo reconoce 1.430 víctimas mortales y 3.360 heridos, una cifra que la realidad de las calles parece pulverizar.
“Pudimos parar una camioneta que se ofreció a llevarnos una parte del recorrido con el cuerpo. Me tocó parar en medio de la calle; en una ‘yipeta’ (todoterreno) me reconocieron y seguimos camino. En un momento dado no había paso porque la gente buscaba comida; nos frenaron, pero al ver el cadáver nos dejaban continuar. Más adelante se armó un tiroteo y corrieron a los militares. Tuvimos que parar varias veces, nos ayudaron unos universitarios y, al final, llegamos a Caracas, donde entregué el cuerpo a sus familiares”, concluye Juan Carlos.
El “terremoto” de la solidaridad
Si de algo saben los venezolanos es de resistencia. Es el pueblo criollo quien protagoniza, desde el pasado miércoles, otro terremoto: uno cargado de humanidad y solidaridad. Pese a las constantes réplicas —que ya suman 432 desde el doblete sísmico—, pese a la ineficacia del Estado y pese a la desesperación de los saqueadores, la gente se ha lanzado a la calle a ayudar. Más allá de su idiosincrasia caribeña, la larga tragedia del chavismo les ha enseñado que estas desgracias solo se superan en comunidad.
De hecho, la iniciativa de la sociedad civil ya registra más de 68.000 reportes de personas desaparecidas, buscadas con angustia tanto por la diáspora como por quienes siguen dentro del país. Las redes sociales se han inundado de fotos familiares y recuerdos compartidos con desesperación, pero también con esperanza. De los reportados, ya se han localizado 13.000, por lo que aún se mantiene la búsqueda de más de 55.000 personas, asumiendo con dolor que una buena parte engrosará la lista de fallecidos.
“Es increíble, hay un apoyo impresionante. Ves cómo pasa la gente por plazas como la de Carabobo y es conmovedor: una persona tras otra trayendo pañales, perrarina [alimento para perros], agua, jugos, café… Allí estaban durmiendo muchas familias que tienen miedo de volver a sus hogares y hasta ellos decían que ya tenían suficiente, gracias a Dios. Pero los voluntarios les insistían: ‘Por favor, acéptenlo, porque hoy tienen, pero mañana no se sabe’. Era desbordante. Incluso yo me vine a casa con tres arepitas y un jugo porque me insistieron tanto que me dio pena rechazarlo”, explica Víctor Marcano tras una extenuante jornada como voluntario en la zona cero.
“Donde falta gobierno, sobra el pueblo”
En Valencia (España) se atribuye al poeta Antonio Machado la famosa frase “solo el pueblo salva al pueblo”, convertida en el eslogan de resiliencia tras las inundaciones de 2024. En Venezuela, los ciudadanos ya juegan con un lema parecido: “Donde falta gobierno, sobra el pueblo”, una frase que describe a la perfección la disposición del venezolano a pasar por encima de las trabas de las autoridades revolucionarias para salvar a sus hermanos.
“Mis padres salieron, pero mis primos no. Ya ninguno responde”, sollozaba Katherín Medina, de 18 años, al pie de un bloque de la Gran Misión Vivienda en Caribe. Existe el temor de que estas grandes estructuras, ordenadas en su día por Hugo Chávez como la joya de la corona de su gestión, escondan hoy entre sus entrañas a cientos de familias atrapadas. Lo mismo ocurre en uno de los hoteles colindantes con el aeropuerto de Maiquetía, donde equipos estadounidenses trabajan a contrarreloj para recuperar la pista. Allí debían pernoctar, por orden gubernamental, los 164 venezolanos deportados por EE. UU. el pasado miércoles. De momento, solo 12 han sido localizados con vida.
“Nosotros lo perdimos todo, el edificio se vino abajo, pero mi esposa y yo logramos salir por cuestión de segundos. Había mucha gente dentro, por favor, que vengan a ayudarnos”, clamaba Sandra en Catia La Mar. “Mi familia entera está tapiada: mis dos hijos, uno de siete años y otro de diez. Por favor, ayúdenme a sacarlos de allí”, rogaba también Érika Montilla a los pies de las Residencias El Palmar, en Caraballeda.
Cooperación internacional bajo sospecha
Son tres historias de las miles que acongojan a un país al que el mundo también ha extendido la mano. El primer rescate de grandes dimensiones lo protagonizaron los equipos enviados por Nayib Bukele desde El Salvador, quienes tras horas de esfuerzo arrancaron de una muerte segura a Camila Sofía, de 15 años, y a su mascota. El rescate, retransmitido por un presidente con gran arraigo en Venezuela, terminó con la adolescente dibujando un corazón con sus manos, envuelta en las banderas de ambos países.
Los equipos españoles de la Unidad Militar de Emergencias (UME) también lograron sus primeras victorias al rescatar a una persona atrapada bajo los escombros de la Residencia Vistamar de La Guaira.
Toda esta ayuda fluye a pesar de los obstáculos que el aparato del Estado ha impuesto a voluntarios y ONG, a las que persigue desde hace años. Mientras los ciudadanos se agolpaban durante horas en el Poliedro de Caracas para inscribirse en listas oficiales que les permitieran bajar a la zona de desastre, la generosidad civil desbordaba la capital. Los centros de acopio se multiplicaron en iglesias, colegios y universidades. En el Parque del Este, uno de los puntos más grandes, los coordinadores pedían desesperadamente “manos expertas” para organizar el tsunami de solidaridad.
“¡Nos tenemos! En medio de la tragedia ha surgido la naturaleza amable y solidaria del venezolano y de tantos amigos extranjeros que no nos abandonan”, resumió la líder opositora, María Corina Machado. Ante el colapso, los venezolanos han tomado incluso los hospitales —crónicamente desabastecidos por la gestión de la salud pública— para dotarlos de insumos médicos por cuenta propia.
“Señor Pedro, Dios me movió el corazón hoy y me dijo que no me quedara en casa. Me vine desde Caracas con mi primo y mis amigos para buscarte”, le decía un joven a un octogenario atrapado bajo una tonelada de escombros en La Guaira. Una prueba viva de que, una vez más, el pueblo salva al pueblo.
Agencias

