NotMid 27/06/2026
IberoAmérica
“Venezuela es tan bendecida que todo nos lo manda doble, un terremoto tras otro”, ironizó desde Carabobo la madre de un preso político, con la sobria calma que otorgan mil batallas perdidas. La mujer salvó la vida por poco. Ahora, mientras aguarda la libertad de su hijo, se aferra a la esperanza de que el desembarco de rescatistas y la ayuda internacional —en especial la enviada por Washington— logre salvar vidas ante un Gobierno completamente desarbolado por la tragedia.
Una vez que Donald Trump advirtió en la noche del jueves sobre la magnitud de la devastación —anticipándose a la propia presidenta encargada, Delcy Rodríguez—, quedó claro que las cifras del terror se multiplicarían con las horas. El último parte oficial ya eleva el número de víctimas mortales a 920 y el de heridos a 3.360, mientras se estima en 172 las personas atrapadas bajo los escombros y en cerca de 4.000 los damnificados.
Sin embargo, el balance real amenaza con ser mucho más dramático. Las iniciativas de la sociedad civil denuncian que la cifra de desaparecidos ya ha superado la barrera de los 50.000, a pesar de que se ha logrado localizar la ubicación de 9.244 personas. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) respalda estas estimaciones, situando este doble seísmo de San Juan como la peor catástrofe del siglo en las Américas, solo por detrás del devastador terremoto de Haití del 12 de enero de 2010, que se cobró más de 300.000 vidas.
Hasta el momento, las infraestructuras afectadas o destruidas en el país superan las 1.400, según datos del propio Gobierno de Caracas.
El desembarco de EE. UU. frente a la parálisis oficial
Tras dos días de gestión ineficaz en la “zona cero” de La Guaira y tras registrarse los primeros saqueos, el Gobierno revolucionario ordenó el despliegue de unas Fuerzas Armadas que, hasta ese momento, habían seguido los toros desde la barrera de sus cuarteles. De hecho, la orden de militarizar la costa se decretó apenas unas horas después de la llegada del mayor general Kevin J. Jarrard, máximo responsable del Comando Sur en Venezuela y comandante del Cuerpo de Marines.
“Con velocidad, precisión y una capacidad logística incomparable”, detalló John M. Barrett, jefe diplomático estadounidense en Caracas y uno de los poderes en la sombra del país caribeño. Jarrard coordinará sobre el terreno los equipos de búsqueda y el suministro humanitario, adelantándose a la llegada del USS Fort Lauderdale —una unidad anfibia que servirá como puente de mando de las operaciones— y del USS Billings, buque de guerra destinado al apoyo costero.
La paradoja es absoluta: ambos navíos formaron parte del despliegue militar que precedió a la operación del pasado 3 de enero, la cual culminó con la captura del dictador Nicolás Maduro. En esta ocasión, sin embargo, el desembarco estadounidense es visto por la población como una auténtica tabla de salvación frente a la incompetencia chavista; una suerte de Bienvenido, Mister Marshall berlanguiano en pleno siglo XXI.
Solidaridad internacional a contrarreloj
“Estamos muy agradecidos con EE. UU. porque ya hay mucho apoyo en marcha, pero también con muchos otros países de América Latina y Europa que han enviado ayuda inmediata”, subrayó la líder opositora María Corina Machado.
El Ejecutivo chavista también dio la bienvenida a los equipos de rescate de El Salvador y México —los célebres “topos”—, así como a los contingentes españoles. Todos ellos tuvieron que aterrizar en un aeropuerto situado a dos horas del desastre, ya que el aeródromo de Maiquetía permanece inoperativo por graves grietas en sus pistas. Los rescatistas centroamericanos se desplegaron de inmediato en la urbanización Caribe junto a sus perros especialistas, incluido el famoso ‘Rambo’, en una carrera frenética por hallar vida bajo los escombros.
“¡Ahí está mi nieta de cinco años, tapiada!”, clamaba con angustia un abuelo en Catia La Mar, temiendo que un incendio cercano alcanzara el derrumbe. “Siempre he votado por este Gobierno y ni una cisterna de bomberos pueden enviar para que los atrapados no mueran asfixiados”.
Este testimonio de desesperación se multiplica en una zona cero donde se exige silencio sepulcral para escuchar el más mínimo lamento bajo las ruinas. En las últimas horas, los milagros se han sucedido a cuentagotas, extrayendo a víctimas “con las uñas” en medio de réplicas que han alcanzado la magnitud 4,4.
Pese a la gravedad de la situación, y tras la llegada del contingente internacional, el oficialismo ha pedido a los voluntarios civiles que se abstengan de acudir. “Por favor, no bajen a La Guaira; se congestionan las vías que usamos para evacuar y trasladar a los heridos”, declaró Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta encargada y jefe del órgano legislativo bolivariano.
Los errores del pasado
La destrucción no ha respetado los colosales bloques de la Misión Vivienda, el programa estrella de Hugo Chávez, que se han desplomado sepultando a cientos de inquilinos. Tras la tragedia de 1999 —el catastrófico deslave del monte Ávila que dejó entre 30.000 y 100.000 muertos—, el “comandante supremo” prometió edificar un “Cancún venezolano” que asombraría al mundo. Casi tres décadas después, el asombro se ha tornado en consternación.
“El país siente que estamos ante una tragedia con facturas pendientes”, explica a EL MUNDO el sociólogo Gianni Finco. “Que la destrucción se cebe con la misma región del deslave de 1999 empuja a los venezolanos a temer que se repitan los errores del pasado: el rechazo sectario a la ayuda humanitaria de EE. UU., el nombramiento de autoridades militares incompetentes y el desprecio por los derechos humanos. El empeño del chavismo por secuestrar la gestión del desastre para facturar postales heroicas espanta a una sociedad que desconfía por completo de la heredera del teniente coronel”.
La propaganda como escudo
Al igual que en el 99, el aparato propagandístico del chavismo —reconfigurado tras la caída de Maduro— intenta proyectar una narrativa épica liderada por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello. No obstante, la realidad que transmiten los ciudadanos y los periodistas sobre el terreno es la de una gestión caótica, obsesionada con monopolizar la ayuda y prohibir los centros de acopio impulsados por la oposición y las ONG.
La interferencia oficial ha llegado al extremo de intentar vetar a expertos de la talla de Huníades Urbina, presidente de la Academia de Medicina y especialista en catástrofes, a quien la jefa política de un desbordado hospital caraqueño ordenó hostigar mediante los cuerpos de seguridad cuando acudió a auxiliar a sus colegas.
Asimismo, varios profesionales constatan la intimidación de paramilitares chavistas (colectivos) en las inmediaciones de los centros sanitarios y los barrios afectados. Es el mismo patrón represivo empleado en Cuba tras los huracanes: perseguir a la sociedad civil y amordazar a la prensa para ocultar el colapso de las autoridades.
“El chavismo impide la apertura de centros de acopio que no puede controlar políticamente y bloquea el envío de ayuda a ciertas ciudades”, denuncia el activista de derechos humanos Luis Carlos Díaz. “En los hospitales prohíben grabar, intentan confiscar los paquetes de auxilio y mantienen la censura sobre los medios digitales. Son decisiones políticas que agravan la tragedia y causan más daño que el propio desastre natural”.
Agencias

