NotMid 03/09/2026
EUROPA
Alemania ha empezado a poner nombres y apellidos a la operación rusa que estuvo a punto de hacer saltar por los aires varios aviones ucranianos en el aeropuerto de Leipzig/Halle. Los investigadores han identificado a varios sospechosos con conexiones rusas, mientras el caso —apenas un día después de que Berlín señalara formalmente a Moscú— abre un debate mucho más incómodo: si colocar explosivos contra una infraestructura estratégica alemana sigue cabiendo en la categoría de “guerra híbrida” o si ha llegado el momento de llamarlo terrorismo.
El primero en dar el paso ha sido Armin Schuster, ministro del Interior de Sajonia y miembro de la Unión Cristianodemócrata (CDU) del canciller Friedrich Merz. Para Schuster, lo ocurrido en Leipzig fue “terrorismo de Estado” y Alemania se enfrenta a “una nueva amenaza terrorista”. Por su parte, el ministro federal del Interior, Alexander Dobrindt, modera algo más las palabras: “No estamos en guerra, pero somos objetivo diario de la guerra híbrida”.
Cierre de filas y respuesta europea
La dimensión adquirida por el caso explica el rápido cierre de filas de los aliados. Este miércoles, la OTAN y la Unión Europea respaldaron la atribución alemana. “Los intentos de Rusia de intimidarnos y socavar nuestra unidad son inútiles y fracasarán”, afirmó el secretario general de la Alianza Atlántica, Mark Rutte. Ursula von der Leyen calificó los hechos de “nueva escalada” rusa en suelo europeo, mientras que Kaja Kallas, jefa de la diplomacia comunitaria, advirtió de un ataque con “todas las características del terrorismo patrocinado por un Estado”.
Leipzig irrumpió también en la reunión informal de ministros de Exteriores celebrada en Irlanda. Bruselas prepara 1.600 nuevas inclusiones en las listas de sanciones contra el complejo militar ruso —previstas ya antes del ataque—, a las que podrían sumarse nuevos nombres, y varios Estados han convocado a representantes diplomáticos rusos. “Rusia ha escalado y tendrá que vivir ahora con las consecuencias”, advirtió el ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul.
El rastro forense y los sospechosos
La dureza del lenguaje se apoya en casi un mes de investigaciones y, desde ahora, en los primeros sospechosos identificados. El primero es un ciudadano bielorruso que contaría también con pasaporte ruso, cuyo ADN apareció en uno de los drones, en una lata utilizada para contener explosivos y en una antena instalada cerca del aeropuerto. Había entrado en el espacio Schengen con un visado turístico italiano expedido en Minsk.
El segundo, con pasaportes ruso y letón, habría actuado como logista e instructor. Entró por el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo a finales de julio, alquiló un coche y viajó hasta Sajonia, abandonando Alemania dos días antes del ataque. Los servicios de seguridad también han identificado a una persona vinculada con un servicio de Inteligencia ruso. Por el momento, no se han producido detenciones.
El rastro forense ha permitido reconstruir una operación bastante más sofisticada de lo que sugería la simple aparición de un dron junto a una pista de Leipzig/Halle. La noche del 4 de agosto, uno de los aparatos se situó cerca de varios aviones de carga ucranianos Antonov. Llevaba adosada una lata metálica con unos 600 gramos de Semtex y otros componentes explosivos de gran potencia. El detonador falló; un defecto técnico evitó una catástrofe.
Posteriormente se hallaron restos de otros drones, una antena y dispositivos modificados con baterías adicionales, cámaras, routers 5G y tarjetas SIM. No habían volado desde Rusia: su autonomía obligaba a desplegarlos relativamente cerca del objetivo, aunque podían controlarse a distancia.
Un modus operandi conocido
El objetivo tampoco parece casual. Leipzig/Halle es uno de los grandes centros europeos de carga y un nudo estratégico de la logística occidental, y los Antonov ucranianos estacionados allí proporcionan una capacidad de transporte pesado utilizada también por países de la OTAN. El método tampoco es nuevo: las investigaciones sobre los paquetes incendiarios enviados en 2024 a centros logísticos europeos ya destaparon el recurso a “agentes de usar y tirar” —peones reclutados sobre el terreno, a menudo a través de Telegram— para ejecutar solo una parte de la operación.
Leipzig presenta ecos de ese sistema. Quien transporta una lata, instala una antena o manipula un dron puede ignorar quién dio la orden. Según Dobrindt, los ejecutores eran agentes de “bajo nivel”, pero detrás había conocimientos técnicos y una organización profesional.
Esa distancia operativa dificulta llegar hasta Moscú. Berlín no ha presentado una prueba única que conduzca directamente al Kremlin, por lo que la atribución descansa en la suma de explosivos, la configuración de los drones, el patrón operativo, los sospechosos identificados y la inteligencia clasificada. Para el Gobierno alemán, el conjunto apunta claramente a personas que actuaron por encargo de organismos estatales rusos.
Sabotajes paralelos y el dilema político
Ahí radica el salto cualitativo. Alemania lleva años atribuyendo a Rusia ciberataques, espionaje, desinformación y sabotajes, pero esta vez se emplearon explosivos contra aeronaves ucranianas en un aeropuerto alemán, desdibujando la zona gris de la “guerra híbrida”.
El caso coincide con una ola de alerta por ataques a infraestructuras críticas. Días antes, unos desconocidos cortaron cables de datos y electricidad de Deutsche Bahn en Leverkusen (Renania del Norte-Westfalia), un caso investigado por sabotaje. El martes por otro lado, un cortocircuito provocado en una subestación de Bergheim (cerca de Colonia) dejó temporalmente fuera de la red cinco bloques de centrales de lignito de RWE. La Policía halló seis dispositivos preparados para proyectar material conductor sobre las líneas eléctricas. Aunque no hay indicios que vinculen Bergheim con Rusia, el ministro regional Herbert Reul advirtió: “Fue intencionado, fue un delito. Quien hace algo así ataca a nuestro país”.
Ante este escenario, la gravedad del diagnóstico contrasta con la prudencia de la respuesta. Merz prometió consecuencias, pero delegó las medidas en sus ministros: el cierre del Consulado General ruso en Bonn, el fin de la autorización a la Casa Rusa de Berlín y más presión sobre la flota fantasma de Moscú.
Las críticas internas no se han hecho esperar. Mientras el verde Konstantin von Notz celebra el tono contundente pero tardío, voces como la de Roderich Kiesewetter (CDU) exigen activar el artículo 4 de la OTAN, endurecer los controles navales y entregar misiles Taurus a Ucrania.
Aquí surge el dilema estratégico: responder con la firmeza necesaria para disuadir a Moscú sin alimentar una escalada mayor. Rusia niega toda implicación, y Vladimir Putin ha calificado las medidas alemanas de “grave error”, cuestionando las pruebas y atribuyéndolas a intereses electorales.
Todo ello estalla a solo cuatro días de las elecciones en Sajonia-Anhalt. Allí, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), con un 42% de apoyo frente al 22% de la CDU, cuestiona las pruebas contra el Kremlin y aboga por recuperar los lazos con Moscú y retirar el apoyo a Ucrania, capitalizando el temor del electorado del este a una confrontación directa. Para Merz, el margen de maniobra es muy estrecho: una respuesta tibia enviaría una señal equivocada a Moscú, mientras que una excesiva alimentaría el miedo que explota la ultraderecha.
Agencias

