NotMid 10/08/2026
Opinión NotMid
El país enfrenta una profunda crisis de liderazgo.
Decir esto podría sonar a una acusación tajante, pero nada dista más de la intención.
Es, ante todo, una constatación que nace de la preocupación genuina.
Comencemos por el chavismo.
No solo sus figuras principales —las que están libres y activas— se encuentran en las catacumbas de la popularidad política según recientes estudios de opinión, sino que ocurre lo mismo con quienes aspiran a encarnar una alternativa para reemplazarlos.
Podría decirse que estos últimos están incluso peor valorados por ser francamente impresentables; mejor ni nombrarlos para no regalarles la notoriedad que no merecen.
En el campo democrático, por otra parte, María Corina Machado se consolida como el referente inequívoco: sólida en valoración pública y respaldada por su proyección internacional como premio Nobel de la Paz.
Sin embargo, de ahí en adelante, si bien no hay un desierto absoluto, el panorama se le parece bastante.
Hay quienes, leyendo de forma errada las encuestas, asumen que hoy existe espacio para un liderazgo alternativo, “fresco” o “diferente”.
Quienes así lo creen tienen todo el derecho de dar el salto del laboratorio a la realidad para promover a empresarios, influencers o gerentes, a ver si “el cambur verde mancha”.
No obstante, esas jugadas —que fascinan a quienes hacen política a salvo, a control remoto y por carambola— llevan años saliendo mal en Venezuela.
No hay señales de que esta vez vaya a ser distinto, ni siquiera con la variable de un actor internacional de peso como Donald Trump.
Reconstruir el país exigirá la renovación y rehabilitación del liderazgo venezolano, una clase política sometida durante décadas a una rueda de molino implacable hecha de persecución, exilio y degradación.
Pero esta regeneración solo será posible si se abandona todo vestigio de autoritarismo —ese terreno donde no florecen los más capaces, sino los oportunistas arrimados al poder— para dar paso a dinámicas democráticas, de libre mercado y de respeto al Estado de derecho, donde el liderazgo sea un mérito que se ganen únicamente los mejores.

