NotMid 24/09/2026
OPINIÓN
LAUREANO MÁRQUEZ
La disonancia cognitiva (DC) «es la tensión o incomodidad psicológica que sentimos cuando dos ideas, creencias, valores o comportamientos que mantenemos entran en contradicción entre sí».
León Festinger, el psicólogo que desarrolló la teoría en 1957, señala que los seres humanos, por nuestra condición de seres racionales, tenemos la necesidad de que nuestras creencias, actitudes y conductas sean coherentes, evitando las contradicciones. No se asusten, no es mortal (o sí, dependiendo –ya comencé disonante–).
Cuando las contradicciones se hacen evidentes entre aquello que se proclama o se proclamó en el pasado y los comportamientos o ideas que se defienden en el presente, puede surgir un malestar que debe ser subsanado.
En los casos de abierta indecencia, que los hay, aunque la incomodidad no surja, debe también ser reparada la contradicción con un discurso alternativo, sobre todo frente a todos aquellos que confiaron, aplaudieron e hicieron propias las ideas pregonadas y a quienes ahora les resulta incomprensible el contradictorio proceder.
Se trata no solo de mentirse a sí mismo, sino también de mentirle al mundo para que nuestras inconsistencias no queden desnudas, como las de aquel emperador.
En los tiempos en los que vivimos, de tecnología y redes en las que todo está registrado y documentado, la DC se hace cada vez más evidente. Si Festinger viviera en estos tiempos, quizá le habría puesto a su teoría el nombre de «tres doritos después». Porque una cosa es cambiar de opinión y otra muy distinta es cambiar de opinión y pretender que uno nunca tuvo la opinión anterior.
Cambiar de opinión es una facultad humana; cambiar de pasado ya es un trabajo de edición. Y ahí las redes sociales tienen una pequeña dificultad: tienen memoria.
El gran problema que presenta la DC es que nos vuelve vulnerables, nos pone en evidencia, nos convierte en seres poco fiables que, como veletas al viento, mueven sus principios al estilo marxista (de Groucho): «Estos son mis principios. Si no te gustan, tengo otros».
Esto de los principios nos lleva a considerar la DC también en términos políticos, lo que se hace evidente cuando la realidad que tenemos delante entra en contradicción con aquello que durante años nos dijeron que era verdad.
En política siempre resulta más sencillo cambiar el discurso que cambiar la realidad. Pero el verdadero problema no es que los políticos cambien de opinión. El problema es que pretenden que nosotros cambiemos de memoria.
Reflexionando sobre su más célebre novela, 1984, George Orwell, señala: «El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no solo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco».
Llegado a este punto, no recuerdo bien por qué me dio hoy por escribir sobre la DC… Ah, sí, ya lo recordé: es porque parece que la sede mundial de la DC se muda próximamente a Caracas, como parte del plan de apertura que promueve el catire. Parece que, por esta razón, nuestra ciudad capital pasará ahora a llamarse Caracas DC.
Laureano Márquez P.
@laureanomar

