El contenido y la intimidad de las relaciones de Aldama con la entonces mujer de confianza de Nicolás Maduro obligan a mirar de otra manera sus acusaciones de pagos de Caracas al PSOE y la Internacional Socialista desde Rusia
NotMid 27/09/2026
OPINIÓN
JOAQUÍN MANSO
Puro lenguaje de poder. Cuánta información hay en esa romería. La calculada caminata de Delcy al abordaje sorpresivo de Sánchez, teatralmente pausada y tranquila, escenificada ante los ojos de decenas de jefes de Gobierno de todo el mundo, a plena luz de periodistas y teléfonos móviles en el momento solemne de la Asamblea General de las Naciones Unidas, sintetiza la persistencia de un canal venezolano furtivo que atraviesa seis años de política española, desde aquel aterrizaje a escondidas en Barajas hasta el acontecimiento global de esta semana en el edificio acristalado de Turtle Bay. Delcy, omnipresente, siempre encuentra el camino.
Lo significativo es la seguridad política con la que Delcy busca a Sánchez, como si quisiera exhibir su acceso al presidente español, reivindicar ante su gran valedor europeo la legitimidad internacional que todavía no tiene y demostrar su nueva fortaleza como encargada del oro negro del Caribe para Donald Trump. Precisamente ella, que ha hecho de la traición a sangre fría su enseña personal. Parecía querer ostentar ante la mirada de todo el planeta que su relación ya no es clandestina. Delcy sabe.
Seis años después de aquella madrugada prohibida en la Sala VIP número 2 de la Terminal Ejecutiva del aeropuerto, cuando no pudo encontrarse con Sánchez en un restaurante en Madrid como ella esperaba, la exclusiva que Esteban Urreiztieta y Ángela Martialay publican desde hoy revela mensajes inéditos que representan un salto cualitativo en la investigación. EL MUNDO abre en canal las comunicaciones subrepticias entre la ahora presidenta de Venezuela y Víctor de Aldama, que aparece como interlocutor informal al mismo tiempo del Gobierno de España y de otros oscuros intereses, por las que circulan sin distinciones asuntos de Estado, favores empresariales, petróleo de Caracas y política española.
Los cientos de mensajes a través de la aplicación supersegura Threema que la Audiencia Nacional analiza en las diligencias secretas sobre la financiación ilegal del PSOE sitúan en una dimensión desconocida la capacidad de influencia sobre el corazón del chavismo del hombre que sobornó la voluntad de la mano derecha del presidente: ahora se entienden muchas cosas. Delcy recibe comentarios sobre cambios ministeriales y la rivalidad entre Zapatero y Ábalos por el favor de Sánchez y los negocios en Venezuela que terminó con el segundo expulsado del poder. Y simultáneamente conversa sobre PDVSA, barcos mercantes con derivados del crudo y operaciones comerciales de magnitud inabarcable: fletes de 15 millones de dólares por buque cada dos semanas para enriquecer a la corte de los Rodríguez.
El contenido y la intimidad de las relaciones de Aldama con la entonces mujer de confianza de Nicolás Maduro obligan a mirar de otra manera sus acusaciones de pagos de Caracas al PSOE y la Internacional Socialista desde Rusia a través de un contrato de 15 millones también revelado por este periódico, porque partes sustanciales de su relato aparecen ahora documentadas, e iluminan una sospecha disolvente: ¿puso Sánchez en venta la política exterior de España hacia Venezuela? Es un hecho objetivo que el Gobierno español cambió su posición respecto a Juan Guaidó al día siguiente del esperpento en Barajas, a su vez dos semanas después de la primera entrega de fondos que relata Aldama en un chalé de El Viso, según el primer reportaje que ofrecemos hoy.
La pregunta no es qué sabe Delcy. Es qué saben de nuestras debilidades quienes están dispuestos a aprovecharlas. Venezuela es el síntoma de una vulnerabilidad mucho mayor. Marruecos encontró en Ceuta una frontera desguarnecida, una división interna demasiado profunda para articular una disuasión creíble y un liderazgo dispuesto a someter los intereses permanentes del Estado a sus necesidades contingentes. El chavismo ha explotado durante años la permeabilidad entre los negocios privados y la política exterior española. El paseíllo roneante de Delcy es también la exhibición de ese dominio adquirido: conoce los intermediarios, las rivalidades y los secretos inconfesables. Sabe dónde golpear.
Por eso resulta perturbador el scoop de resonancia continental de Xavier Colás que EL MUNDO publicó esta semana: los servicios de inteligencia estadounidenses han alertado sobre los planes de escalada de Rusia que incluyen un posible ataque con drones contra España, Francia o Italia, lanzados desde buques mercantes en el Mediterráneo. La Comisión reconoció nuestra información y Dinamarca advirtió de la extensión de la amenaza híbrida para debilitar el apoyo europeo a Ucrania en plena acometida final. No hablamos de una ofensiva militar convencional, sino de aparatos baratos y de escasa carga explosiva capaces de cerrar un aeropuerto, incendiar una instalación o paralizar una infraestructura crítica. Y que el miedo haga el resto. Durante demasiado tiempo España ha vivido con la confortable convicción de que Rusia no cruzaría los Pirineos. Sánchez llegó a decirlo desde Moncloa. Pero el Mediterráneo ya no queda tan lejos: también Putin puede encontrar el camino.

